CÁTEDRA:
Historia Argentina II
Profesora: María J. González
Bonorino
Estudiante: Santul María
Ester
Práctico Nro. 5
Las economías del mercado interno
A partir
de 1880 se produjo un cambio importante en las distintas regiones del país,
tanto a nivel geográfico como económico. Es importante analizar aquí el
contrapeso que tuvieron las distintas economías respecto de la producción
pampeana, el rol del Estado, así como de la elite para el desarrollo económico
según los recursos naturales disponibles, entre otros factores. Al respecto
Campi Daniel[1]
analiza el perfil azucarero del norte que posibilitó su integración a la
división del trabajo dentro del mercado nacional. Sin embargo, la
industria azucarera fue visualizada como una industria "regional",
esto significa que fue marginal para los
intereses dominantes de la Argentina agropecuaria. La elite norteña tampoco formuló
un proyecto social y económico alternativo, para generar otras ramas
industriales, ya fuera de bienes de capital o de bienes de consumo masivo.
D. Campi
explica que, si bien, el el cultivo de la caña y su procesamiento en rudimentarios ingenios tenían
larga data en Tucumán, Salta, Jujuy y Catamarca, fue en Tucumán donde la
producción de azúcares y aguardientes aumentó notablemente en las dos décadas
previas a la llegada del ferrocarril. Las plantaciones y los ingenios se
ubicaron en la planicie pedemontana tucumano-salto-jujeña que atrajo campesinos
de la Puna y del valle Calchaquí, indígenas del Chaco, peonadas criollas de
Catamarca y Santiago del Estero. La
elite azucarera estaba conformada por antiguas familias con tradición en
actividades comerciales y manufactureras más los inmigrantes europeos
(franceses, principalmente) también se sumaron técnicos, representantes y
comisionistas de casas industriales y financieras europeas, inversores y
empresarios de Buenos Aires y otras provincias argentinas. La agroindustria del azúcar contó con un
corpus legal proteccionista que sirvió como eficaz barrera a la competencia
externa y promovió la "sustitución de importaciones".
Los
ingenios y plantaciones, que exigió un trabajo transitorio de 3 a 6 meses por
año, presentaban condiciones precarias para la vida de los migrantes, de sus
remuneraciones, sus derechos laborales y sus garantías. Las migraciones
intrarregionales fueron masivas. D. Campi indica que Santiago del Estero
también se orientó a la producción azucarera y contaba con productores
minifundistas, artesanos, indígenas cazadores y recolectores del Chaco. Esa
mano de obra sufría la proletarización a través del vale, la proveeduría, la
práctica del endeudamiento para la captación y retención de los trabajadores; los
ingenios utilizaban "métodos brutales" para conseguir trabajo, eran
empresas de tecnología adelantada, y su comportamiento se basaba en criterios
"deliberadamente capitalistas".
En Santiago del Estero y Catamarca se aplicaban las leyes contra la
"vagancia", la papeleta de conchabo y el peonaje por deudas, los que
fueron actualizados en 1888 a través de la "Ley de conchabas". El sistema coactivo entró en crisis en la
década de 1890 cuando se evidencio la resistencia de los peones que se fugaban
de sus lugares de trabajo rompiendo unilateralmente sus contratos, y las
violaciones al sistema por los mismos patrones, que contrataban peones
"prófugos". El sistema coactivo se mantuvo en Jujuy y Salta hasta la
década de 1940.
D.
Campi al referirse a geografía norteña señala la coexistencia entre el
latifundio y el minifundio, resultado de complejos procesos de concentración y
de fragmentación de la propiedad, esto supuso un inequitativo reparto y uso de
la tierra y del agua, a lo que se suma el aislamiento a numerosos pueblos y
comarcas producida por la infraestructura de transportes, también debe contarse
como contraste la imposibilidad de la geografía regional para articularse
competitivamente con el mercado nacional.
Rodolfo
Richard-Jorba[2],
por su parte, realiza un estudio sobre la experiencia vitivinícola en Mendoza
que comenzó en la década de 1870 hasta 1884 cuando se produjo la formación de
una economía regional que hoy da identidad nacional e internacional a la
provincia. El desarrollo del cultivo del viñedo abrió el camino para la
conformación de un sistema agroindustrial impulsado por la gran bodega
mecanizada, orientado al mercado interno e integrado en un nuevo espacio
funcional que vinculó a Mendoza con el resto del territorio nacional y el espacio
económico global. Aquí el Estado favoreció la exención de impuestos
provinciales desde 1881, promocionó el crédito, la inmigración y la formación
de recursos humanos.
La construcción
del Ferrocarril Andino habilitado en 1885 permitió el avance hacia un modelo
productivo masivo, la instalación industrial y la aparición de establecimientos
tecnificados, se inició también la sustitución de importaciones que comenzó a
satisfacer parcialmente la expansiva demanda de vinos comunes en el mercado
nacional. Para Richard-Jorba la modernización de la red de riego permitió la ampliación
del oasis Norte y una profunda transformación ambiental. Los bancos fueron importantes
agentes productores de espacio agrícola, las políticas crediticias del gobierno
local fueron fijadas en la ley de creación del Banco de la Provincia (1888), se
promovió el ingreso irrestricto de profesionales y de viticultores. Los
bodegueros integrados, según Richard- Jorba asumieron un rol importante con capacidad
para controlar la industria e intervenir en la fijación de precios, estructuraron
jerárquicamente el espacio productivo situándose en la cima de la pirámide
social. Colaboró con este proceso la Hacienda que también organizó el espacio productivo
mendocino, por ejemplo, el ganado permitió los viajes y la exportación a Chile.
Alejandro
Benedetti[3], en su estudio sobre Los Andes en el periodo
que va de 1880 a 1914 indica que el Estado no estimulo aquí la inversión
capitalista y el perfil productivo netamente minero o de ganados “no
tradicionales” colocaron a Los Andes en una situación que bordeaba la
marginalidad dentro de la Argentina pampeana. Los Andes, como otras regiones
cordilleranas, era zona de tránsito de innumerables arreos de ganado,
procedentes del espacio catamarqueño salteño- jujeño, rumbo a al desierto o a
las ferias del altiplano boliviano, especialmente la de Huari. Recién en 1898 se organizó el Ministerio de
Agricultura para el reconocimiento y puesta en valor de los recursos mineros ubicados
en esos territorios, pero Los Andes no tenía potencial agro-ecológicos, no
había una infraestructura de circulación, su población practicaba una economía
pastoril itinerante, basada en la cría de ovejas, cabras y llamas, en
proporciones variables, de los cuales obtenían algunos productos, como carne
seca y lana, que intercambiaban en los valles y oasis próximos. Hubo una casi
total indiferencia de los ganaderos pampeanos ante la posibilidad de criar
camélidos y una falta de iniciativa de las sociedades rurales hacia esta
opción. Pero las vicuñas eran una importante fuente de ingresos para las
poblaciones indígenas, era un animal muy cotizado en el mercado europeo; el
comercio de la piel de chinchilla seguía el mismo derrotero. Los vicuñeros
igual cruzaban con gran facilidad la frontera, y colocaban su producción en
Chile o en Bolivia y, desde allí, la fibra de vicuña se exportaba hacia Europa.
Tantos las vicuñas como las chinchillas eran recursos silvestres amenazados,
por la presión generada desde afuera, que llevaron al recurso al borde de la
extinción, debido a las técnicas de caza implementadas, no había regulación.
La
minería, como sector productivo no era considerado como rentable para el Estado.
Según A. Benedetti cualquier yacimiento de La Rioja, Catamarca, Jujuy o Los
Andes estaba una distancia superior a los 1.000 kilómetros de los puertos
atlánticos. Además de lidiar con la altura, no había infraestructura de circulación,
ni suficiente mano de obra, había carencia de cuadros técnicos, y era imposible
explotar el bórax por el control monopólico que había sobre el mismo y la
ausencia de legislación que lo impidiera.
Esta
región andina representaba, mejor que ninguna, el paradigma opuesto al desarrollo
económico del país pampeano. En Los Andes no se podía producir cereales, y la
ganadería ovina y bovina no era viable. Con las exploraciones y conocimientos
de la época, se había determinado que sólo se podía desarrollar la minería de
los boratos, un mineral que no tenía mercado en el país, y cuya explotación
estaba controlada por una compañía cartelizada.
[1] Campi Daniel, "Economía y Sociedad en las provincias del
norte," En Mirta Zaida Lobato (dir.) Nueva Historia Argentina, Buenos
Aires: Sudamericana, 2000, pp. 71-118.
[2] Jorba Richard Rodolfo, "La especialización vitícola y el
desarrollo del mercado de tierras agrícolas en Mendoza (Argentina)
1870-1910," Anuario IEHS, 19, (2004): 443-468
[3] Benedetti, A. (2005) Incorporación de nuevas tierras durante el período
de conformación del agro moderno en la Argentina: el Territorio de Los Andes,
primeras décadas del siglo XX. [En línea] Mundo Agrario, 6(11). Disponible en: http://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/art_revistas/pr.541/pr.541.pdf
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