lunes, 21 de marzo de 2022

Las economías del mercado interno. Práctico Nro. 5, Historia Argentina II

 

CÁTEDRA: Historia Argentina II

Profesora: María J. González Bonorino

Estudiante: Santul María Ester 

 

Práctico Nro. 5

Las economías del mercado interno

 

A partir de 1880 se produjo un cambio importante en las distintas regiones del país, tanto a nivel geográfico como económico. Es importante analizar aquí el contrapeso que tuvieron las distintas economías respecto de la producción pampeana, el rol del Estado, así como de la elite para el desarrollo económico según los recursos naturales disponibles, entre otros factores. Al respecto Campi Daniel[1] analiza el perfil azucarero del norte que posibilitó su integración a la división del trabajo dentro del mercado nacional. Sin embargo, la industria azucarera fue visualizada como una industria "regional", esto significa que fue marginal para los intereses dominantes de la Argentina agropecuaria. La elite norteña tampoco formuló un proyecto social y económico alternativo, para generar otras ramas industriales, ya fuera de bienes de capital o de bienes de consumo masivo.

D. Campi explica que, si bien, el el cultivo de la caña y su procesamiento en rudimentarios ingenios tenían larga data en Tucumán, Salta, Jujuy y Catamarca, fue en Tucumán donde la producción de azúcares y aguardientes aumentó notablemente en las dos décadas previas a la llegada del ferrocarril. Las plantaciones y los ingenios se ubicaron en la planicie pedemontana tucumano-salto-jujeña que atrajo campesinos de la Puna y del valle Calchaquí, indígenas del Chaco, peonadas criollas de Catamarca y Santiago del Estero.  La elite azucarera estaba conformada por antiguas familias con tradición en actividades comerciales y manufactureras más los inmigrantes europeos (franceses, principalmente) también se sumaron técnicos, representantes y comisionistas de casas industriales y financieras europeas, inversores y empresarios de Buenos Aires y otras provincias argentinas.  La agroindustria del azúcar contó con un corpus legal proteccionista que sirvió como eficaz barrera a la competencia externa y promovió la "sustitución de importaciones".

Los ingenios y plantaciones, que exigió un trabajo transitorio de 3 a 6 meses por año, presentaban condiciones precarias para la vida de los migrantes, de sus remuneraciones, sus derechos laborales y sus garantías. Las migraciones intrarregionales fueron masivas. D. Campi indica que Santiago del Estero también se orientó a la producción azucarera y contaba con productores minifundistas, artesanos, indígenas cazadores y recolectores del Chaco. Esa mano de obra sufría la proletarización a través del vale, la proveeduría, la práctica del endeudamiento para la captación y retención de los trabajadores; los ingenios utilizaban "métodos brutales" para conseguir trabajo, eran empresas de tecnología adelantada, y su comportamiento se basaba en criterios "deliberadamente capitalistas".  En Santiago del Estero y Catamarca se aplicaban las leyes contra la "vagancia", la papeleta de conchabo y el peonaje por deudas, los que fueron actualizados en 1888 a través de la "Ley de conchabas".  El sistema coactivo entró en crisis en la década de 1890 cuando se evidencio la resistencia de los peones que se fugaban de sus lugares de trabajo rompiendo unilateralmente sus contratos, y las violaciones al sistema por los mismos patrones, que contrataban peones "prófugos". El sistema coactivo se mantuvo en Jujuy y Salta hasta la década de 1940. 

D. Campi al referirse a geografía norteña señala la coexistencia entre el latifundio y el minifundio, resultado de complejos procesos de concentración y de fragmentación de la propiedad, esto supuso un inequitativo reparto y uso de la tierra y del agua, a lo que se suma el aislamiento a numerosos pueblos y comarcas producida por la infraestructura de transportes, también debe contarse como contraste la imposibilidad de la geografía regional para articularse competitivamente con el mercado nacional.

Rodolfo Richard-Jorba[2], por su parte, realiza un estudio sobre la experiencia vitivinícola en Mendoza que comenzó en la década de 1870 hasta 1884 cuando se produjo la formación de una economía regional que hoy da identidad nacional e internacional a la provincia. El desarrollo del cultivo del viñedo abrió el camino para la conformación de un sistema agroindustrial impulsado por la gran bodega mecanizada, orientado al mercado interno e integrado en un nuevo espacio funcional que vinculó a Mendoza con el resto del territorio nacional y el espacio económico global. Aquí el Estado favoreció la exención de impuestos provinciales desde 1881, promocionó el crédito, la inmigración y la formación de recursos humanos.

La construcción del Ferrocarril Andino habilitado en 1885 permitió el avance hacia un modelo productivo masivo, la instalación industrial y la aparición de establecimientos tecnificados, se inició también la sustitución de importaciones que comenzó a satisfacer parcialmente la expansiva demanda de vinos comunes en el mercado nacional. Para Richard-Jorba la modernización de la red de riego permitió la ampliación del oasis Norte y una profunda transformación ambiental. Los bancos fueron importantes agentes productores de espacio agrícola, las políticas crediticias del gobierno local fueron fijadas en la ley de creación del Banco de la Provincia (1888), se promovió el ingreso irrestricto de profesionales y de viticultores. Los bodegueros integrados, según Richard- Jorba asumieron un rol importante con capacidad para controlar la industria e intervenir en la fijación de precios, estructuraron jerárquicamente el espacio productivo situándose en la cima de la pirámide social. Colaboró con este proceso la Hacienda que también organizó el espacio productivo mendocino, por ejemplo, el ganado permitió los viajes y la exportación a Chile.

Alejandro Benedetti[3],  en su estudio sobre Los Andes en el periodo que va de 1880 a 1914 indica que el Estado no estimulo aquí la inversión capitalista y el perfil productivo netamente minero o de ganados “no tradicionales” colocaron a Los Andes en una situación que bordeaba la marginalidad dentro de la Argentina pampeana. Los Andes, como otras regiones cordilleranas, era zona de tránsito de innumerables arreos de ganado, procedentes del espacio catamarqueño salteño- jujeño, rumbo a al desierto o a las ferias del altiplano boliviano, especialmente la de Huari.  Recién en 1898 se organizó el Ministerio de Agricultura para el reconocimiento y puesta en valor de los recursos mineros ubicados en esos territorios, pero Los Andes no tenía potencial agro-ecológicos, no había una infraestructura de circulación, su población practicaba una economía pastoril itinerante, basada en la cría de ovejas, cabras y llamas, en proporciones variables, de los cuales obtenían algunos productos, como carne seca y lana, que intercambiaban en los valles y oasis próximos. Hubo una casi total indiferencia de los ganaderos pampeanos ante la posibilidad de criar camélidos y una falta de iniciativa de las sociedades rurales hacia esta opción. Pero las vicuñas eran una importante fuente de ingresos para las poblaciones indígenas, era un animal muy cotizado en el mercado europeo; el comercio de la piel de chinchilla seguía el mismo derrotero. Los vicuñeros igual cruzaban con gran facilidad la frontera, y colocaban su producción en Chile o en Bolivia y, desde allí, la fibra de vicuña se exportaba hacia Europa. Tantos las vicuñas como las chinchillas eran recursos silvestres amenazados, por la presión generada desde afuera, que llevaron al recurso al borde de la extinción, debido a las técnicas de caza implementadas, no había regulación.

La minería, como sector productivo no era considerado como rentable para el Estado. Según A. Benedetti cualquier yacimiento de La Rioja, Catamarca, Jujuy o Los Andes estaba una distancia superior a los 1.000 kilómetros de los puertos atlánticos. Además de lidiar con la altura, no había infraestructura de circulación, ni suficiente mano de obra, había carencia de cuadros técnicos, y era imposible explotar el bórax por el control monopólico que había sobre el mismo y la ausencia de legislación que lo impidiera.

Esta región andina representaba, mejor que ninguna, el paradigma opuesto al desarrollo económico del país pampeano. En Los Andes no se podía producir cereales, y la ganadería ovina y bovina no era viable. Con las exploraciones y conocimientos de la época, se había determinado que sólo se podía desarrollar la minería de los boratos, un mineral que no tenía mercado en el país, y cuya explotación estaba controlada por una compañía cartelizada.

 

 



[1] Campi Daniel, "Economía y Sociedad en las provincias del norte," En Mirta Zaida Lobato (dir.) Nueva Historia Argentina, Buenos Aires: Sudamericana, 2000, pp. 71-118.

[2] Jorba Richard Rodolfo, "La especialización vitícola y el desarrollo del mercado de tierras agrícolas en Mendoza (Argentina) 1870-1910," Anuario IEHS, 19, (2004): 443-468

[3] Benedetti, A. (2005) Incorporación de nuevas tierras durante el período de conformación del agro moderno en la Argentina: el Territorio de Los Andes, primeras décadas del siglo XX. [En línea] Mundo Agrario, 6(11). Disponible en: http://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/art_revistas/pr.541/pr.541.pdf

 

 

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