lunes, 21 de marzo de 2022

Conformación social en Argentina de 1880-1930. Práctico Nro. 6. Historia Argentina II

 

CÁTEDRA: Historia Argentina II

Profesora: María J. González Bonorino

Estudiante: Santul María Ester 

Ciclo Lectivo 2021

 

Práctico Nro. 6

Conformación social en Argentina de 1880-1930

La historiografía tradicional construyó una imagen de progreso nacional y sostuvo que gracias a una poderosa capa intermedia era posible sociedad más móvil, abierta e inclusiva. Esta identidad, que ligaba el ser argentino con la presencia de esa clase, tuvo efectos muy profundos en la historia nacional, no sólo sobre las personas que se consideraban a sí mismas de “clase media”, sino también sobre las de las clases más bajas. Adamovsky Ezequiel  agrega y devela que la expresión “clase media” no fue un término común entre el público masivo hasta inicios de la década de 1930, mientras que la sociedad se concebía así misma como “binaria”. Tanto liberales, conservadores, católicos, nacionalistas y algunos radicales comenzaron a aludir públicamente a la “clase media” y a interesarse por su suerte en un contexto de intensos conflictos sociales y una febril difusión de ideales de un mundo nuevo. En este contexto fue importante el impacto que tuvo la Ley Sáenz Peña (1912) que buscó ampliar la participación política “legal” (aunque siempre controlando los principales resortes de poder) y las primeras medidas de legislación social que intentaban responder a algunas de las demandas de los obreros. El mensaje de la elite era que todos los argentinos tenían los mismos derechos y debían, por ello, respetar la autoridad del Estado que los representaba, pero esto contrastaba con la reproducción de la desigualdad económica combinada con una división “racial”, la posición económica, y una jerarquía de decencia, de cultura o de “normalidad”. Al respecto E. Adamovsky introduce el concepto de “régimen de clasificación” útil para comprender la jerarquización de las diferentes “clases” de personas a través del acceso a qué tipo de bienes y recursos, como a las ideas de “respetabilidad”, este régimen establecía los modos “legítimos” del ascenso social. Tanto el esfuerzo individual en el trabajo y el ahorro, junto con la educación, fueron los principales canales del ascenso que se consideraban válidos. Se debía adquirir los medios económicos necesarios, sino también credenciales educativas (mediante estudios formales) y culturales (por un comportamiento “decente”) apropiadas.

“Clase media” fue puesta en circulación por los políticos o intelectuales de la época con un objetivo “contrainsurgente” y lograr la restauración del equilibrio social, sacudido por intensas luchas obreras y expectativas de mayor igualdad.  Esta “clase media” era distinta y separada de la clase baja, tenía una capacidad especial para garantizar el “equilibrio”, la moderación y el “justo medio” y asegurar así que la lucha de clases no terminaría por disolver las jerarquías sociales, cabe agregar que tampoco hubo organizaciones gremiales o políticas que se presenten como defensoras de esa clase.  Si bien antes de la década de 1940 la expresión “clase media” era probablemente conocida para la mayoría de la gente, no se le daba demasiado uso y es evidente que, si es que existía como una identidad social, se trataba de una identidad muy débilmente instalada.

Leandro Losada , aludiendo también a la construcción identitaria, se centra en la elite porteña entre 1880 y 1930, que caracteriza como socialmente heterogénea y compleja. El abordaje particular de este autor es que las categorías que desarrolla se produce desde  los propios integrantes de la clase alta porteña, para ello se retoman testimonios contemporáneos al fin de siglo y retrospectivos (como las memorias), las nociones -y sus sentidos subyacentes- quiénes la componían y qué criterios constituían la condición de pertenencia a la misma, considerando, entonces, la gravitación de las operaciones simbólicas (y puntualmente aquellas referidas al acto de nombrarse) en la construcción y expresión de jerarquías sociales. Tanto la noción aristocracia como la de patriciado buscaron construir una noción de identificación colectiva de la alta sociedad que no la contraponga, sino por el contrario, que la corresponda, con la naturaleza de la sociedad en la que se inscribe (republicana, móvil e igualitaria). La apelación al abolengo como piedra de toque de la distinción social, subraya que no son privilegios de sangre o de origen los que definen a la aristocracia o al patriciado, sino la meritocracia. Acercarse a las definiciones que de sí misma trazó la élite social porteña del cambio de siglo (a través de algunos de sus intelectuales más destacados, de sus espacios de sociabilidad emblemáticos, de los grandes diarios de la ciudad) permite aprehender, ante todo, que las mismas fueron dinámicas y cambiantes. Se asiste así a una concepción de aristocracia abierta al mérito y, también, un estilo de vida a desenvolver a través de determinados consumos, aficiones y comportamientos. De esta manera, las distintas definiciones colectivas apuntaron a la construcción de diferenciación social y, a su vez buscaron legitimar al círculo social al que hacen referencia. 

Para la historiografía tradicional los grupos subalternos no fueron objetos de indagación. En la escena social los trabajadores, en tanto eran fundamentalmente inmigrantes, fueron considerados como una muestra de la generosidad de una política que abría las puertas del país a cualquier habitante sin ningún tipo de discriminaciones. Pero Gutiérrez Leandro , en su estudio sobre los sectores populares profundiza aspectos tales como el estudio de la vivienda y alimentación para comprender las políticas estatales, así como las estrategias de supervivencia de estos sectores. Por un lado, se resolvió el hacinamiento en los conventillos, gracias al servicio de aguas corrientes, cloacas, recolección de desperdicios, mejora de higiene pública. La electrificación de la red tranviaria acortó las distancias entre los barrios alejados y los lugares de trabajo y abaratamiento de las tarifas del transporte.  Estas condiciones generaron dos mercados, uno de tierra urbana que, fraccionada, ofrecía a precios accesibles, y un mercado de viviendas que benefició a los propietarios urbanos donde el Estado no intervino. Sólo los partidos políticos más sensibilizados con las preocupaciones populares propiciaron cambios en las políticas públicas y privadas respecto de la vivienda con pocos resultados. Los sectores populares tampoco organizaron instituciones destinadas a solucionar colectiva y autónomamente el problema. Si bien Buenos Aires era el nudo central de un país exportador de alimentos (carnes y cereales) no había una estructura industrial productora de los alimentos requeridos para una población creciente. Hubo cierto control de precios por parte del estado municipal y se distribuyó carne gratuita a los necesitados para aliviar tensiones sociales en medio de una situación conflictiva y amenazante. El pan, la leche, los vinos eran objeto de manipuleo frecuentes, se regulaba el comercio ambulante para mejorar higiene y calidad que eran difíciles en esos mercados. Los sectores populares no podían esperar acciones estatales tendentes a mejorar su situación que al mismo tiempo alterasen los mecanismos del mercado, y las bases del proceso de acumulación. Esa fue la contradicción que tuvieron que afrontar estos sectores.

 

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