CÁTEDRA: Historia Argentina II
Profesora: María J. González Bonorino
Estudiante: Santul María Ester
Ciclo Lectivo 2021
Práctico Nro. 6
Conformación social en Argentina de
1880-1930
La historiografía tradicional construyó
una imagen de progreso nacional y sostuvo que gracias a una poderosa capa
intermedia era posible sociedad más móvil, abierta e inclusiva. Esta identidad,
que ligaba el ser argentino con la presencia de esa clase, tuvo efectos muy
profundos en la historia nacional, no sólo sobre las personas que se
consideraban a sí mismas de “clase media”, sino también sobre las de las clases
más bajas. Adamovsky Ezequiel agrega y
devela que la expresión “clase media” no fue un término común entre el público
masivo hasta inicios de la década de 1930, mientras que la sociedad se concebía
así misma como “binaria”. Tanto liberales, conservadores, católicos,
nacionalistas y algunos radicales comenzaron a aludir públicamente a la “clase
media” y a interesarse por su suerte en un contexto de intensos conflictos
sociales y una febril difusión de ideales de un mundo nuevo. En este contexto
fue importante el impacto que tuvo la Ley Sáenz Peña (1912) que buscó ampliar
la participación política “legal” (aunque siempre controlando los principales
resortes de poder) y las primeras medidas de legislación social que intentaban
responder a algunas de las demandas de los obreros. El mensaje de la elite era
que todos los argentinos tenían los mismos derechos y debían, por ello,
respetar la autoridad del Estado que los representaba, pero esto contrastaba
con la reproducción de la desigualdad económica combinada con una división
“racial”, la posición económica, y una jerarquía de decencia, de cultura o de
“normalidad”. Al respecto E. Adamovsky introduce el concepto de “régimen de
clasificación” útil para comprender la jerarquización de las diferentes
“clases” de personas a través del acceso a qué tipo de bienes y recursos, como
a las ideas de “respetabilidad”, este régimen establecía los modos “legítimos”
del ascenso social. Tanto el esfuerzo individual en el trabajo y el ahorro,
junto con la educación, fueron los principales canales del ascenso que se
consideraban válidos. Se debía adquirir los medios económicos necesarios, sino
también credenciales educativas (mediante estudios formales) y culturales (por
un comportamiento “decente”) apropiadas.
“Clase media” fue puesta en circulación
por los políticos o intelectuales de la época con un objetivo
“contrainsurgente” y lograr la restauración del equilibrio social, sacudido por
intensas luchas obreras y expectativas de mayor igualdad. Esta “clase media” era distinta y separada de
la clase baja, tenía una capacidad especial para garantizar el “equilibrio”, la
moderación y el “justo medio” y asegurar así que la lucha de clases no
terminaría por disolver las jerarquías sociales, cabe agregar que tampoco hubo
organizaciones gremiales o políticas que se presenten como defensoras de esa
clase. Si bien antes de la década de
1940 la expresión “clase media” era probablemente conocida para la mayoría de
la gente, no se le daba demasiado uso y es evidente que, si es que existía como
una identidad social, se trataba de una identidad muy débilmente instalada.
Leandro Losada , aludiendo también a la
construcción identitaria, se centra en la elite porteña entre 1880 y 1930, que
caracteriza como socialmente heterogénea y compleja. El abordaje particular de
este autor es que las categorías que desarrolla se produce desde los propios integrantes de la clase alta
porteña, para ello se retoman testimonios contemporáneos al fin de siglo y
retrospectivos (como las memorias), las nociones -y sus sentidos subyacentes-
quiénes la componían y qué criterios constituían la condición de pertenencia a
la misma, considerando, entonces, la gravitación de las operaciones simbólicas
(y puntualmente aquellas referidas al acto de nombrarse) en la construcción y
expresión de jerarquías sociales. Tanto la noción aristocracia como la de
patriciado buscaron construir una noción de identificación colectiva de la alta
sociedad que no la contraponga, sino por el contrario, que la corresponda, con
la naturaleza de la sociedad en la que se inscribe (republicana, móvil e
igualitaria). La apelación al abolengo como piedra de toque de la distinción
social, subraya que no son privilegios de sangre o de origen los que definen a
la aristocracia o al patriciado, sino la meritocracia. Acercarse a las
definiciones que de sí misma trazó la élite social porteña del cambio de siglo
(a través de algunos de sus intelectuales más destacados, de sus espacios de
sociabilidad emblemáticos, de los grandes diarios de la ciudad) permite
aprehender, ante todo, que las mismas fueron dinámicas y cambiantes. Se asiste
así a una concepción de aristocracia abierta al mérito y, también, un estilo de
vida a desenvolver a través de determinados consumos, aficiones y
comportamientos. De esta manera, las distintas definiciones colectivas apuntaron
a la construcción de diferenciación social y, a su vez buscaron legitimar al
círculo social al que hacen referencia.
Para la historiografía tradicional los grupos subalternos no fueron objetos de indagación. En la escena social los
trabajadores, en tanto eran fundamentalmente inmigrantes, fueron considerados
como una muestra de la generosidad de una política que abría las puertas del
país a cualquier habitante sin ningún tipo de discriminaciones. Pero Gutiérrez
Leandro , en su estudio sobre los sectores populares profundiza aspectos tales
como el estudio de la vivienda y alimentación para comprender las políticas
estatales, así como las estrategias de supervivencia de estos sectores. Por un
lado, se resolvió el hacinamiento en los conventillos, gracias al servicio de
aguas corrientes, cloacas, recolección de desperdicios, mejora de higiene
pública. La electrificación de la red tranviaria acortó las distancias entre
los barrios alejados y los lugares de trabajo y abaratamiento de las tarifas
del transporte. Estas condiciones
generaron dos mercados, uno de tierra urbana que, fraccionada, ofrecía a
precios accesibles, y un mercado de viviendas que benefició a los propietarios
urbanos donde el Estado no intervino. Sólo los partidos políticos más sensibilizados
con las preocupaciones populares propiciaron cambios en las políticas públicas
y privadas respecto de la vivienda con pocos resultados. Los sectores populares
tampoco organizaron instituciones destinadas a solucionar colectiva y
autónomamente el problema. Si bien Buenos Aires era el nudo central de un país
exportador de alimentos (carnes y cereales) no había una estructura industrial
productora de los alimentos requeridos para una población creciente. Hubo
cierto control de precios por parte del estado municipal y se distribuyó carne
gratuita a los necesitados para aliviar tensiones sociales en medio de una
situación conflictiva y amenazante. El pan, la leche, los vinos eran objeto de
manipuleo frecuentes, se regulaba el comercio ambulante para mejorar higiene y
calidad que eran difíciles en esos mercados. Los sectores populares no podían
esperar acciones estatales tendentes a mejorar su situación que al mismo tiempo
alterasen los mecanismos del mercado, y las bases del proceso de acumulación.
Esa fue la contradicción que tuvieron que afrontar estos sectores.
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