lunes, 24 de enero de 2022

HISTORIAS EN LOS CERROS ALTOS: MIGRACIONES CHILENAS EN EL BARRIO LA FLORESTA


SANTUL MARIA ESTER

 

RESUMEN

Desde la perspectiva de la historia local se busca conocer la heterogeneidad social y cultural de los migrantes chilenos del barrio La Floresta, las características de los primeros asentamientos en el marco del primer boom petrolero (1958-1963), sus iniciativas autogestionadas, redes solidarias y relación con el Estado. Se considera imperioso conocer cómo opera la noción de segregación espacial que no sólo se refiere a lo territorial, sino que también incluye elementos simbólicos.

 

 

INTRODUCCIÓN 

 

En este trabajo se busca caracterizar las migraciones chilenas y los primeros asentamientos en el barrio La Floresta y Extensión (hoy Barrio San Martín), con el fin de identificar las prácticas culturales y formas de socialización en relación (o no) al Estado, El marco teórico propuesto contempla las políticas estatales en relación al proceso de urbanización y se plantean distintos abordajes en relación a las migraciones chilenas desde la perspectiva de la historia local. En términos metodológicos, se realizaron entrevistas e indagación de bibliografía local. El estudio se circunscribe al período que va de 1958 a 1963, que coincide con la vigencia de los contratos petroleros habilitados por el gobierno de Frondizi.

Se considera que este abordaje puede contribuir a la comprensión, a posteriori, de otras aristas de las prácticas culturales vinculadas no sólo a las iglesias pentecostales sino también a creencias vinculadas con leyendas o mitos propias del sur de Chile y que han trascendido hasta la actualidad. Por otra parte, es valioso destacar que no sólo se trató de migrantes chilenos quienes llegaron a suelo comodorenses miembros pertenecientes a los mapuches lo cual implica visibilizar a un grupo históricamente excluido en la historia, así como su cosmovisión.

 

DESARROLLO

 

En el año 1958 el gobierno de Frondizi implementó una política petrolera que buscaba incentivar las inversiones de empresas extranjeras y nacionales en los yacimientos de Argentina. Comodoro Rivadavia, una de las principales ciudades productoras del recurso en el país, experimentó un crecimiento urbano y demográfico acelerado durante este período, conocido localmente como primer boom petrolero. La firma de convenios con empresas extranjeras para explotar el recurso tuvo grandes consecuencias en la urbanización de la ciudad. Según Leticia Vázquez[1], las dificultades de acceso al suelo aumentaron en un período en el cual se incrementó la migración a la ciudad, representada en su mayoría por población chilena. El trabajo de Bachiller (2015) ha mostrado que Comodoro es una ciudad donde tradicionalmente los sectores populares resolvieron sus necesidades habitacionales mediante la toma de tierras. Los pobladores enfrentaron varias dificultades para acceder a la tierra y los títulos de propiedad, ya que los trámites se realizaban en oficinas de tierras ubicadas en Buenos Aires. Además, muchos de los trabajadores del petróleo accedían a sus viviendas a través de las empresas. Esto generó una forma de control social, ya que, si los obreros se adherían a medidas de lucha, eran expulsados de sus viviendas. A esto se sumó que Comodoro era cabecera de la explotación petrolera, lugar concurrido por los productores laneros y también se instaló el ferrocarril, factores que acrecentaban sus valores inmobiliarios (Márques 1993).         



El perfil productivo de la ciudad se estructuró alrededor de la extracción de hidrocarburos, esta industria afectó la conformación territorial del área urbana, no sólo porque fue la principal fuente laboral de los habitantes de la ciudad, sino también porque el crecimiento urbano se fue dando alrededor de los pozos de petróleo o de los campamentos. Esto imprimió un desarrollo particular del entramado urbano, constituyendo una matriz diferenciada entre la Zona Norte y la Zona Sur. Hacia el norte la ciudad se expandió a medida que se iban instalando los campamentos de distintas empresas, limitada además por la topografía de cañadones y cerros. En estos espacios se generó una fuerte identificación laboral y la urbanización estaba hegemonizada por la empresa estatal (Yacimientos Petrolíferos Fiscales) que brindaba todos los servicios a sus trabajadores. La Zona Sur, en cambio, se construyó a partir de la expansión del centro urbano hacia el oeste, con una trama continua que, en su mayoría, se fue generando a partir de asentamientos surgidos mediante ocupaciones de tierras.

Los vaivenes de la actividad fueron regulando el crecimiento demográfico, a partir de la necesidad de mano de obra por parte de las empresas. Esto condujo a que, en 1958, cuando se abrió la posibilidad a empresas extranjeras de ser contratistas o de extraer ellas mismas petróleo, se generara un mercado laboral atrayente que incrementó el número de población de modo abrupto. En 1958, la ciudad venía de atravesar el período conocido como "Gobernación Militar", un recorte territorial y político creado en 1944 que se extendió hasta 1955, de la cual había sido la capital. Algunas explicaciones sobre su creación aducen cuestiones de geopolítica, para proteger el petróleo frente a la situación inestable debido a la Segunda Guerra Mundial. Otros argumentos la atribuyen a la creciente actividad comunista que se daba en los campamentos y yacimientos (Carrizo 2016). Durante los diez años que duró la gobernación, se impulsaron importantes obras públicas, por lo cual la ciudad sufrió una gran transformación en su aspecto físico. Además de estos cambios, las obras fueron un motivo de atracción de trabajadores y comenzaron a llegar migrantes internos y chilenos para trabajar en la ciudad. La gobernación militarizó el territorio y suprimió los pocos derechos políticos con los que gozaban los habitantes de esa región, que antes estaba conformada como territorio nacional. La gran cantidad de obras que se construyeron, la creación de caminos y puentes, la urbanización de centros poblados, la expansión de los servicios públicos, etc., transformaron el viejo pueblo de Comodoro Rivadavia y así este obtuvo un perfil definidamente urbano.

La provincialización trajo aparejada un conjunto de legislaciones que antes no existían en Chubut, ya que generalmente las decisiones se tomaban desde Buenos Aires. Hubo que reglamentar y ordenar el territorio y el acceso a la tierra fiscal urbana fue un aspecto importante a considerar. En Comodoro Rivadavia ya existía una oficina de tierras, que había sido creada en 1950 y se dedicaba a realizar adjudicaciones definitivas, bajo el amparo de la Ley 13.995 (Vázquez 2015). En esta se establecían condiciones como la venta de un lote por persona y se fijaban plazos para la construcción, de tal manera que se perseguía el objetivo de poblar y no de favorecer la especulación. Esta ley también contemplaba la entrega de permisos de ocupación a pobladores de bajos recursos, cuando razones de conveniencia social así lo requirieran (Ley 13.995, 1950).




En 1956, la dictadura militar había dictado el Decreto-ley Nº 14.577 derogando expresamente la Ley Nº 13.995, y estableciendo un nuevo régimen legal sobre las tierras fiscales, determinando que el sistema de adjudicación de éstas se realizara mediante venta (Gallo Mendoza 2013). En 1956 el municipio de Comodoro Rivadavia promulgó la resolución 176, que tenía por objetivo promover la venta de tierras fiscales a todos aquellos que acreditasen condiciones para ocupar el suelo; en dicha normativa se establece prioridades a través de puntajes para los argentinos con más años en la zona y de argentinos sobre extranjeros, los cuáles debían tramitar la naturalización obligatoriamente. La nueva Ley de Hidrocarburos y el nuevo estatuto orgánico de YPF sancionados por Frondizi abrieron la etapa llamada boom petrolero en la cual se acrecentó la llegada de migrantes en busca de trabajo a la ciudad de Comodoro. Los dos períodos de mayor afluencia de migrantes fueron la gobernación militar y el boom petrolero (Raffaele, 2012, Baeza, 2010); si se compara los censos de 1947 con el de 1960 la población se incrementó de 22.317 a 56.777 habitantes (Baeza y Lago 2015). Para Marques "el incremento demográfico está asociado al aumento en la circulación de capitales, y en nuestra ciudad revolucionó las pautas sociales y económicas, modificando la fisonomía de una comunidad tradicional" (1993).  Diversas fuentes de la época comenzaron a reflejar la falta de viviendas "a medida que transcurre el tiempo se torna más dramática la crisis de la vivienda en Comodoro Rivadavia." (El Rivadavia 13 de febrero de 1959). En simultáneo, a nivel legislación, la provincia se encontraba confeccionando leyes que regularan el acceso a la tierra fiscal, se discutía la asunción del pleno dominio y jurisdicción de tierras y bosques fiscales dentro de los límites de la provincia y la sanción de la Ley Orgánica de las Corporaciones Municipales, que buscaba regular la actividad de los municipios. El artículo 123 de esta ley establecía que las mismas debían dictar una reglamentación sobre la venta de tierras fiscales, respetando derechos adquiridos. Con el objetivo de acelerar estos trámites, la provincia facultó al municipio de Comodoro para abrir el registro de títulos de propiedad de la Tierra Fiscal, trámite que antes realizaba ésta. Cabe destacar que, tanto en los territorios nacionales como en la gobernación militar, existían limitaciones en relación a los derechos políticos de la población, y muchas decisiones se tomaban desde el Poder Ejecutivo Nacional. Esto afectó la dinámica del acceso a la tierra, dejando, en muchos casos, el poblamiento en manos de los pobladores, y luego el Estado regularizando dichas ocupaciones (Vázquez 2015).



En ningún núcleo de decisión, se pensó en el déficit habitacional producto del vertiginoso crecimiento poblacional y la expansión de la ciudad hacia el oeste que favoreció la conformación y reproducción de sectores marginales sin servicios básicos, asociados a la acentuación de problemas de cobertura sanitaria. Las políticas migratorias de la época, por otro lado, acentuaron las dificultades de acceso al suelo urbano para los recién llegados. Según Torres (2008) los chilenos no podían acceder a la titularidad de las tierras que ocupaban, por lo tanto, tampoco podían solicitar acceso a servicios básicos. En varios artículos periodísticos se señala la imposibilidad de darles títulos y mensuras a los inmigrantes chilenos ya que no se les permitía tramitar la radicación, y por esta razón no podían acceder a la titularidad de la tierra: "la cantidad de chilenos que ocupan esos lotes, no tienen la radicación, por eso no se les puede vender y darle la propiedad. El problema se radicó en que la Dirección de Inmigraciones no acuerda la radicación a estos ciudadanos chilenos." (El Rivadavia 29 de mayo de 1961). Al respecto el vecino José Toledo[2] señala que cuando llegó al Barrio La Floresta, eligió el cerro para alejarse del mar, tenía miedo de que sucediera lo mismo que en Chile por los maremotos. José cuenta que eligió su terreno, así como sus vecinos, para hacer su casa, y luego fue al municipio para empezar a pagar impuestos. Adolfo Lefín, residente del barrio San Martín, cuenta que sus padres fueron contratados como peones en una estancia en la zona de Lago Blanco en 1968, “entraron al país con un permiso de trabajo”, luego hicieron el trámite de radicación que era de tiempo limitado (hasta un año), sus padres lograron tener la radicación, luego la cédula provincial -no federal- con el que pudo acceder a un terreno en el barrio San Martin donde había terrenos que luego fueron mensurados. Adolfo cuenta además que “hubo una ley de amnistía que hizo el gobierno de Lanusse, que era un gobierno militar, para todos aquellos extranjeros que tenían niños que estaban viviendo acá para que se hicieran la ciudadanía argentina” de esta manera logró civilarse, es decir ser registrado como argentino.

El Estado tuvo distintas políticas, pero su prioridad era producir y garantizar la circulación del petróleo, es por ello que lo más importante fue proveer de viviendas al personal obrero del petróleo los cuales fueron utilizados como medio de control social de los trabajadores en los yacimientos, para evitar las huelgas (Pérez 2012). Las problemáticas se fueron acentuando en los barrios que se iban expandiendo a medida que se ocupaba la tierra, ya sea por falta de servicios básicos o de infraestructura. En los últimos años del boom, el Municipio dispuso la resolución 2/63 que permitía desalojar las "ocupaciones ilegales de tierras fiscales" (9 de febrero de 1963). Al respecto Adolfo, José, María y Rosa Pincón cuentan sobre la precariedad de la zona, y señalan la existencia de una canilla pública que inicialmente abastecía a los vecinos.  Ernesto Allende, en su libro “Cuatro paredes y un techo”[3] cuenta que el entre 1962 y 1965 se inició la lucha por el agua, luego de obtener el terreno mensurado y entregado, la espera del aguatero municipal se hacía rogar “a medida que el barrio se agrandaba el tanque no alcanzaba para abastecer a todos los vecinos, la mayoría seguía al camión a medida que descargaba como para asegurarse su ración. En ocasiones pasaba un camión particular vendiendo agua, pero resultaba caro para gente tan pobre, quienes no habían conseguido del camión municipal angustiados por la sed, igual la pagaban”. La mayoría de la gente de las veces que llegaba al barrio era de Chile. Por lo general se conocían ya que eran mayormente de Chiloé, salvo excepciones, se notaba un rasgo más distinguido y fino: eran gentes de ciudad. Estos fueron los que más sufrieron en el cambio de vida ya que les costaba hacer sus propios ranchos y requerían de ayuda de sus propios paisanos, los de Chiloé, que de la mañana a la noche eran capaces de levantar sus propios ranchos, cambiar todo el aspecto de su terreno cubierto de matas y médanos de arena. Se disponía igual de una canilla comunal que luego, según Adolfo se hizo “minga”, se compró cañería, se hizo una conexión clandestina hasta que se dispuso de una red domiciliaria y cloacal, mientras tanta se hacían baños afuera con pozos de 3 o 4 mts. Rosa Pincol también cuenta que ellos llegaron en los años 60 y “acá éramos los primeros de la extensión de lo que era La Floresta”, “acá había mucho basural, la calle era todo de vidrio molido, había chancherias”, el vecinalista Darío Hugo Fernández fue el que más se preocupó por el barrio, trajo el agua, la luz y el gas, que los mismos vecinos hacían las zanjas para poner los caños.  José T. también comenta sobre estas iniciativas autogestionadas “yo fui promotor de luz y gas con otro paisano que tenía vehículo, hicimos el trabajo de la tierra, el zanjeo en Álamos, 12 de octubre” “trabajamos hombres niños mujeres, en quince días teníamos todo”.



En el discurso mediático, la asociación entre expansión urbana, grupos migrantes y precariedad habitacional comenzó a leerse en clave de ilegalidad llegando al final del período. Según Torres (2008), la sociedad comodorense modificó su percepción y relación con los migrantes chilenos cuando su número se incrementó significativamente y estos se hicieron más visibles. Esto podría explicar por qué se construyeron representaciones sociales sobre estos nuevos barrios, que aparecen en relatos contemporáneos: "Éramos los malos de la película, si ocurría algo malo éramos nosotros" (Crónicas del Centenario 2001: 398). La asociación entre precariedad habitacional y grupos migrantes nos muestra cómo el Estado acentuaba las desigualdades de distintas maneras. Estas representaciones fueron luego reforzadas por la literatura local. Hacia 1960-1970 las poblaciones asentadas en los márgenes de las zonas urbanizadas de la ciudad, representaban para los sectores medios comodorenses (Baeza, 2014), las “molestias típicas” de grupos sociales anómicos. Lino Marcos Budiño en su libro “Comodoro Rivadavia, sociedad enferma” (1971) señalaba que las conductas desviadas estaban representadas por los migrantes chilenos que integran los sectores populares considerados parte del “desorden”, este autor califica a los chilenos como el “grupo-problema” asociado a la criminalidad, marginalidad, desorganización familiar, cómo síntoma de la enfermedad, para Budiño los chilenos representaban formas de vida paupérrimas, reproduciendo también la forma de vida a través de la ocupación ilegal de terrenos. Según Baeza Brígida, estos barrios tuvieron un carácter espontáneo que tenía la conformación del núcleo poblacional, marcado por el hecho de edificar viviendas en tiempos veloces y prácticamente sin mediar mayores trámites institucionales. Este modo remite a una “tradición” chilena chilota de “casas brujas” (Mera Beltrán, 2000). Las representaciones sobre los “barrios altos” /chilenos de los `60 se asocian a lugares degradados, en parte por su constitución barrial “irregular” y por las problemáticas asociadas a la conflictividad social de quienes residían en los mismos.

Desde las producciones locales, Márquez y Mario Palma Godoy (1995) se refieren al estigma de “ser chilote” y el concepto de “autoaborrecimiento”. Respecto a este último en las entrevistas no se encontró experiencias que la reflejen. Si bien no se desconoce el estigma que implica la palabra chilote, Adolfo por ejemplo, declara que detrás de esa etiqueta hay desconocimiento porque los chilenos no son todos de las islas sino también hay de la parte continental “Nosotros cuando llegamos a vivir acá si yo te digo que cada cuadra tiene 10 casas, 8 eran chilenos. Y de esos 8, 4 o 5 venían de la isla”.

Luciana Lago, por su parte, señala que las representaciones construidas sobre los chilenos incluyen dos formas de estigmatización: por nacionalidad y por credo. Dicha estigmatización se ha visto reforzada por la llamada cuestión de la frontera, lo que incidió en que el migrante chileno pentecostal fuera considerado peligroso, así como que sus prácticas religiosas fueran objeto de control por parte de las autoridades. Su trabajo busca indagar sobre las estrategias desplegadas por estos grupos para revertir estas representaciones negativas, entre ellas, el establecimiento de pautas de conducta para con los fieles, junto con el desarrollo de vínculos atravesados por relaciones de paisanaje para la institucionalización de su credo. La primera llegada de los grupos pentecostales a la ciudad se produjo en el contexto de boom petrolero, que buscaron crear un sentido de comunidad con el cual igual se buscaba atender distintas necesidades. Baeza Brígida[4], en esta misma línea de estudio señala la importancia de la expansión del evangelismo en Comodoro Rivadavia junto a la presencia del catolicismo en los barrios populares a partir del trabajo pastoral desarrollado por el denominado “cura gaucho” de la ciudad: “el Padre Corti” promotor no sólo de la educación en los barrios mencionados, sino también de la urbanización de sectores de la ciudad que surgieron por “ocupaciones” y asentamientos poblacionales precarios. La llegada de los chilenos-evangélicos tuvo una rápida aceptación.  Por un lado, por la cercanía en cuanto a compartir un tipo de etnicidad (en el caso de chilotes-pentecostales) y por otro la nacionalidad, que en el contexto de las décadas de 1960-1970, resultaba difícil sostener dado el predominio de la idea de hipótesis de conflicto con Chile. Las Iglesias evangélicas pentecostales se transformaron en espacios de resguardo y comunión para los migrantes chilenos. En este contexto, las elites nacionalistas argentinas, representadas localmente por grupos de historiadores, geógrafos, abogados nacionalistas que difundían la idea del “chileno invasor”, fueron en principio un elemento disruptivo para el desarrollo de las prácticas religiosas evangélicas. Sin embargo, el evangelismo y pentecostalismo ofició como un factor de cohesión para muchos grupos de migrantes chilenos en Comodoro Rivadavia: las Iglesias evangélicas se constituyeron en lugares de encuentro y contención de los problemas suscitados a raíz de la migración.  Al respecto, el entrevistado Adolfo L. señala que el catolicismo fue importante para su niñez, pero sus familiares eran evangélicos, su abuelo era pastor. Un referente del barrio fue el cura Corti porque con él “comenzó en el Domingo Savio después hizo el oratorio del Ceferino Namuncurá y dio comienzo a la escuela de Ceferino Namuncurá” “Él lo que hacía era inculcar a los vecinos el sentido de pertenencia, de pelear por distintas cosas. Por ejemplo, no había gas o no había agua, entonces él en el sermón del domingo hablaba con fulanito o menganito y de ahí ya salía medio encaminado el tema”. Respecto a este referente también se cuenta, según Rosa Pincol, el cura fue capellán durante la guerra del Beagle, “él sacaba a la gente de las casas y los metía en un camión y lo llevaban a Chile, esté como esté, persona anciana no le interesaba, y lo dejaban en la frontera y en la frontera… les decía lleguen a su casa como puedan, así algunos estaban descalzos… fue una época muy fea, el vaciaba casas, no se sabe qué hacía con esas casas, es la página negra, que nadie lo cuenta”.

Según L. Lago, mientras el evangelismo pentecostal crecía en presencia y seguidores en los barrios chilenos, desde el catolicismo se desarrolló una actitud despectiva y tendiente a ridiculizar el movimiento, acentuando sobre todo su condición de extranjero. Estas críticas se referían, por ejemplo, a la formación teológica de los pastores, la precariedad de los templos y el carácter distinto de sus prácticas religiosas. Los salesianos se propusieron llegar a la comunidad chilena imponiendo no solo un conjunto de prácticas moralizantes y de corte higienista, sino que también asumieron la tarea de nacionalizar, instruyendo en particular a los niños y jóvenes chilenos en el respeto a los símbolos patrios y lealtad al país que los recibía (Baeza y Lago, 2015).  Otro punto de contraste entre los salesianos y los grupos pentecostales se refería a las formas en que se enfrentaban a la pobreza. Los católicos salesianos, nucleados en la obra del padre Corti, llevaban una línea de acción centrada en la educación de los niños y jóvenes sobre una rígida base moral y orientada sobre todo al trabajo. Sus prácticas religiosas se basaban, sobre todo, en las pautas del sistema preventivo de Don Bosco (San Juan Bosco, fundador de la orden). Este se afirma sobre las bases de la trilogía razón/religión/amor y sostiene que hay que prevenir el error con la instrucción, el vicio con la inducción de buenos hábitos y las faltas con la vigilancia amorosa (Nicoletti, 2003). Esta postura era clave en la posición del padre Corti que buscaba argentinizar a estos niños y jóvenes. Claramente, este proceso implicaba la disciplina y la asimilación cultural bajo una formación religiosa que permitiría a los hijos de migrantes chilenos formarse, aprender un oficio y salir de la pobreza. Según Lago, los pentecostales no luchaban directamente contra la pobreza, sino que buscaban desplegar estrategias tendientes a la solidaridad entre hermanos, para de esa forma contribuir a enfrentar las situaciones más críticas. En este período las primeras Iglesias pentecostales se erigieron como instituciones de referencia para orientar y regular comportamientos, dado que se buscaba generar un código de conducta entre los miembros de sus congregaciones.

Daniel Cabral Marques[5] explica que la inmigración chilena tuvo un componente heterogéneo porque quienes arribaron a la ciudad llegaron desde distintos ámbitos del vecino país, con una fuerte participación de pobladores de la XI Región de Aysén (mayoritariamente desde localidades como Coyhaique y Puerto Aysén) pero también de la XII Región de Magallanes (Punta Arenas, Puerto Natales), desde la X Región de Los Lagos (Puerto Montt, Puerto Varas, Osorno) y desde la Isla Grande de Chiloé (Ancud, Castro, Quellón). A pesar de esta situación, las hipótesis de conflicto binacional entre Argentina y Chile, que se potenciaron en las décadas del 60 y 70, tendieron a construir una imagen altamente homogeneizadora de la inmigración chilena y a depositar sobre ella ciertos estereotipos asociados con la supuesta amenaza de “invasión” y ocupación territorial por parte del país vecino. En la década del 60 señala que los inmigrantes chilenos se hicieron visibles al incrementarse su número significativamente e insertarse como mano de obra en distintas actividades, con fuerte presencia en las de carácter informal. Ese proceso fue paralelo a la jerarquización socio-económica de la comunidad local, lo que devino en que quienes llegaron últimos ocuparon los estratos más bajos de la escala social y se dio una cierta correspondencia entre la condición socioeconómica, la pertenencia nacional o étnica y el tiempo de arribo, que en orden decreciente correspondía a: europeos e hijos de europeos, argentinos nativos y chilenos. El componente heterogéneo de la migración se ve reflejada por la misma historia de Rosa Pincol, que, si bien migró de Chile Quellón, su identidad está arraigada al pueblo originario mapuche. Rosa igual comenta sobre la escasez que se vivía en sus primeros años en Comodoro, su madre era lavadora de ropa, con tabla, dice orgullosamente que jamás recibieron dádivas del Estado, que su trabajo en el barrio estuvo vinculado a la lectura, en sus inicios a través de una cajita archivera (con libros, cuentos) que cada chico llevaba a su casa una semana que luego repercutió en la creación de una biblioteca popular “Hugo Darío Fernández” que actualmente funciona en el Barrio San Martin. Rosa[6] no sólo es pionera en el barrio, hoy, San Martin sino también representante mapuche dedicada a visibilizar la cultura y el idioma de este pueblo y el tehuelche en el espacio Pu Folil, en la biblioteca del barrio.  Esta arista es importante considerarla porque incluso desde la historiografía  local no hay referencias a la presencia de los pueblos originarios, como dice Bandieri[7], mostrándose una Patagonia vacía de pueblos originarios, cuyas nuevas corrientes de poblamiento provenían siempre del Atlántico, desconociendo la existencia previa y el asentamiento espontáneo de poblaciones de otros orígenes y procedencias, que traspasaban permanentemente los Andes como parte de una práctica heredada de las propias sociedades indígenas. Consecuentemente con ello, también se pensó en una ocupación económica producida en ese mismo sentido, donde ganados y capitales formaban parte exclusiva de la orientación atlántica del modelo agro-exportador dominante en la Argentina. Nada más lejos de la realidad.

Como plantea Torres, desde el Pacífico, los chilenos procedentes de distintos lugares trajeron su heterogeneidad cultural y étnica. Llegaron chilotes de la isla de Chiloé, chilenos de la zona de la Araucanía, magallánicos e incluso del norte chileno, y también europeos (ej: yugoslavos, españoles, británicos, alemanes) atraídos por las posibilidades laborales y la presencia de connacionales asentados previamente en la Patagonia argentina. El heterogéneo flujo chileno, hasta la década de 1950, tuvo al archipiélago de Chiloé como el mayor expulsor de población. Las características históricas de su economía, basada en la agricultura de subsistencia y en la pesca, hicieron que la migración más importante fuese la de mano de obra no calificada. Desde fines del siglo XIX visitaban la costa de la provincia de Aysén, para dedicarse a la caza de lobos o a la explotación forestal, y más tardíamente conformaron la mano de obra rural en los establecimientos ganaderos. Otro destino fue la pujante ciudad de Punta Arenas, usada por algunos chilotes como escala previa hacia la Patagonia argentina (Carreño Palma, 1997a: 93-102). Punta Arenas y su hinterland fue tempranamente zona de recepción de migrantes europeos e internos y, paralelamente, expulsora de una parte de ellos hacia territorio argentino.

La sociedad comodorense adoptó la organización jerarquizada y rígida de las empresas petroleras, limitó las posibilidades de ascenso social. Los últimos en llegar ocuparon los estratos más bajos de la escala social y se dio cierta correspondencia entre la condición socioeconómica, la pertenencia nacional o étnica y el tiempo de arribo, que en orden decreciente corresponde a: europeos e hijos de europeos, argentinos nativos y, por fin, los chilenos, quienes se insertaron como jornaleros o ejercieron oficios tradicionales y algunos no calificados vinculados a las actividades petroleras.

Conclusión

En relación a estos abordajes y testimonios resulta motivador indagar sobre el folclore o registros culturales vinculados a mitologías y leyendas que trajeron los migrantes chilenos y como operan en sus prácticas hasta la actualidad (así como lo hicieron las iglesias pentecostales y el catolicismo). Los barrios altos contienen distintas experiencias aún por conocer desde abordajes que permitan comprenderlas y compartirlas. Cada uno de los entrevistados comentaron historias que sustentan los abordajes de los autores citados, otros no. Por supuesto, muchas cuestiones, tensiones, son interesantes para seguir profundizando por ejemplo la labor autogestionada de los pioneros por ejemplo Rosa Pincol que desde hace muchos años viene trabajando para compartir lecturas  e historias, luchando contra de las discriminación y prejuicios negativos respecto al mapuche, su objetivo ha sido y es visibilizar la lucha mapuche y transmitir su cosmovisión a través de las escuelas y distintos encuentros culturales (su trayectoria y aportes igual pueden ser abordada desde la historia de género), también interesa profundizar sobre las tareas comunitarias que permitió a los migrantes subsistir ante la adversidad en esta ciudad.

 

 

Bibliografía

 

Fernández Sandra (2008) “El revés de la trama. Contextos y problemas de la historia regional y local”, en Susana Bandieri, Graciela Blanco y Mónica Blanco: Las escalas de la historia comparada, Tomo 2, Miño y Dávila, Buenos Aires

Pons Anaclets, Serna Justo (2007. "Más cerca, más denso. La historia local y sus metáforas", en Sandra Fernández (comp.): Más allá del territorio. La historia regional y local como problema. Discusiones, balances y proyecciones, Rosario: Prohistoria, págs. 17-30.

Mármora Lelio (1968). Migración al Sur, Buenos Aires: ed. Libera.

Budiño Lino (1971), Comodoro Rivadavia Sociedad Enferma, Bs. As.: Hernández Editor

Márquez Daniel y Mario Palma Godoy (1993) Comodoro Rivadavia en Tiempos de cambio, Comodoro Rivadavia: Ed. Proyección Patagónica.

Marques Daniel Cabral (2012): “Comodoro Rivadavia: Un mosaico de inmigraciones extranjeras y migraciones internas a lo largo de más de un siglo”, en El libro de los pioneros, FEDECOMEX-Fundación Nuevo Comodoro.

Cabral Marques DANIEL. “Comodoro Rivadavia: una ciudad de reciente integración urbana, de constitución compleja y con dificultades para pensarse/diseñarse a sí misma”

 



[1] Letizia Vázquez. Boom petrolero, crecimiento demográfico y expansión urbana en Comodoro Rivadavia (1958-1963) en https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=7292035

 

[2] Entrevista José Toledo 4/11/21, (88 años), 55 años reside en el barrio La Floresta

[3] Allende Ernesto. Cuatro paredes y un techo. Historias del barrio San Martin a través del relato y la poesía

[4] Brígida Baeza. (2012) El caso de migrantes chilenos evangélicos y la expansión del pentecostalismo en Comodoro Rivadavia (Argentina). Revista Cultura y Religión, Volumen VI, N1

[5] Daniel Cabral Marques Comodoro Rivadavia Un mosaico de inmigraciones extranjeras y migraciones internas a lo largo de más de un siglo Por

[7] BANDIERI, SUSANA (2006) Viejos espacios, nuevas historias... La Patagonia en la historiografía argentina contemporánea 

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