Las
ideas y la política
Alonso Paula[1], Sábato Hilda[2] y Herrera Claudia[3] tienen en común el análisis de los mecanismos políticos implementados por la elite para beneficiar sus intereses y comprender los modos de participación política de los sectores populares, principalmente la de los inmigrantes. Se analizan las relaciones de parentesco y las redes de relaciones que se tejían tanto en el ámbito de la esfera “privada” como “pública”, cuestiones importantes para las decisiones políticas a nivel institucional.
P. Alonso, analiza el funcionamiento
interno del PAN (Partido Autonomista Nacional) entre 1880 y 1892, definido como
un gobierno de electores, un sistema de representación invertida, elitista, en
donde el poder de la elección se asentaba en los gobiernos y no en el pueblo. El
PAN era un sistema informal de vínculos entre distintos líderes provinciales y
nacionales, que tenían una importante red de relaciones de gran flexibilidad y
perdurabilidad que les permitía adaptarse a los cambios de situación, eran coaliciones
o ligas, cada una de las cuales aspiraba a dominar la política nacional con
vistas a la siguiente elección a través de alianzas frágiles que respondían a
liderazgos personales y tenían como base “cálculos numéricos de suma de poder”
buscando conocer cuántos eran los apoyos que se podían recolectar y cuáles eran
las posibilidades de ganar la contienda. La selección del candidato
presidencial dentro del PAN se constituía en un proceso furtivo, “resistente al
escrutinio público”, que incluía transacciones y arreglos celebrados en los “jardines
secretos de la política”. Esas negociaciones privadas, por otra parte, tenían
su contracara en las batallas periodísticas que se libraban para legitimar
públicamente las posiciones y el accionar de los distintos actores.
En algunas provincias, el clan
familiar era la base de la construcción del poder político, el gobernador, junto
a su círculo íntimo, se posicionaba gradualmente como los grandes electores de
su provincia, y al final de su período, se aseguraban de dejar en su puesto a
un sucesor amigo mientras pasaban a ocupar una banca en el Senado nacional,
desde la cual tejían las conexiones entre la política nacional y la provincial.
P. Alonso señala que la prensa escrita fue un importante instrumento de
legitimación política y transmisión de ideas de la elite tales como el diario La
Nación y La Prensa, a través de los cuales se realizaba presión política,
transmisión de ideas e intereses.
Claudia Herrera[4] analiza
cómo las élites debieron legitimar su poder e instauraron una cultura política de
“elecciones” manipuladas y pactadas, asentadas en lealtades personales,
centradas en el clientelismo y en mecanismos informales de reciprocidad. Las
élites buscaron instrumentar una serie de novedades ligadas al nuevo sistema
político y de valores, pero sin una ruptura de los lazos personales de Antiguo
Régimen y estaba ligada a las actividades azucarera y agro-ganadería. Esta
elite acumuló grandes capitales y manejó la economía tucumana, caracterizándose
por una división de tareas: unos
miembros se dedicaban a la política en el ámbito provincial para enriquecer el
patrimonio familiar y otros gestionaban mejoras para la provincia, las redes de
parentesco fueron importante a nivel económico, político, para los sectores
populares y los inmigrantes. La autora, a través del análisis de 24 familias, comprueba
de qué manera a la influencia política y al poder económico se suma el tercer factor,
el “capital relacional” de una densa red de parentesco con múltiples vinculaciones
en su seno, para configurar la élite tucumana. Hubo una estrecha relación entre
las familias propietarias de ingenios y las familias con poder político, se
habla así de una “reciprocidad intraelitaria” (de la elite azucarera) ligada a
la construcción del Estado. Referentes de esta reciprocidad son Nicolás
Avellaneda y Uladislao Frías, que llegaron a la presidencia gracias a este
“capital relacional”, y que da cuenta de cómo el campo político estaba atravesado
por las negociaciones privadas. Para Herrera, la Argentina se construyó sobre
un régimen Liberal-Oligárquico basado en el clientelismo. Señala que, en el
caso tucumano, la elite era dinámica, abierta a grupos extranjeros y poseía actitudes empresariales que le
permitieron dar el salto desde lo mercantil a lo industrial.
H. Sábato, por su parte, analiza el
papel que tuvieron las practicas electorales y la participación política en la
Provincia de Buenos Aires (de 1850 a 1880). Contrariamente a lo sostenido por
la interpretación tradicional, que se refiere vagamente a las minorías
privilegiadas como protagonistas de las jornadas electorales, las fuentes
sugieren que no eran principalmente los ricos, los burgueses, los profesionales
o los comerciantes los que iban a votar, sino más bien los jornaleros y peones
del ferrocarril, de la aduana, de la municipalidad o de los corrales. Además, no
se los consideraba como ciudadanos sino como integrantes de una fuerza
colectiva. Las elecciones, sin embargo,
no dejaba de ser un medio de legitimación de la elite basadas en “clientelas
políticas”, tanto el autonomismo como el nacionalismo se disputaban estas
clientelas, y poseían “cabezas partidarias” que construían esa clientela a
partir de ciertos favores o reparto de cargos públicos, de esa manera iban
tejiendo las relaciones políticas. Por este motivo, la autora caracteriza la esfera
de participación como burguesa, ya que su conformación estuvo en manos de
sectores de la burguesía de la ciudad con capacidad de movilizar y atraer a
otros sectores de la sociedad, a una franja que excluía a los muy ricos y los
muy pobres.
La prensa jugaba un papel muy
importante para las elites como para los demás sectores, incluso las
colectividades de distintos sectores inmigrantes tenían su propia prensa donde
podían publicar sus opiniones y reivindicaciones y tenían el poder de movilizar
a otros sectores sociales. En Buenos Aires, la organización de las instituciones,
que formaban parte de la esfera pública, estuvo en manos de elementos burgueses
y pequeños burgueses que atrajeron a otros sectores de la sociedad. Por este
motivo, la elite reconocía la importancia política que implicaba escuchar y dar
respuesta a esta esfera pública en desarrollo.
Respecto a la ciudadanía, H. Sábato,
plantea que, por primera vez, se cuestiona el tema de los alcances de los
sufragios y se crearon propuestas para restringir el voto en base a requisitos
de propiedad y calificación, pero el voto siguió siendo universal (masculino) y
no obligatorio. ¿Quiénes debían votar? fue la pregunta que desafió al sistema,
según la autora es el interrogante por quiénes deben ser considerados
ciudadanos y quiénes no. El voto obligatorio fue el punto de partida para la
construcción de una ciudadanía política, de allí en más, todos los hombres
adultos argentinos habrían de formar el cuerpo soberano de la república.
[1] Alonso Paula, Jardines secretos, legitimaciones públicas. El
Partido Autonomista Nacional y la política argentina de fines del siglo XIX,
Buenos Aires: Edhasa, 2010, Introducción y Cap. I
[2] Sábato Hilda, "Ciudadanía, participación política y la
formación de la esfera pública en Buenos Aires, 1850-1880," Entrepasados
IV, 6 (principios de 1994): 65-86.
[3] Claudia
Elina Herrera. Redes de parentesco, azúcar y poder: la élite
azucarera tucumana en la segunda mitad del siglo XIX. X Jornadas
Interescuelas/Departamentos de Historia. Escuela de Historia de la Facultad de
Humanidades y Artes, Universidad Nacional del Rosario. Disponible en línea:
https://cdsa.aacademica.org/000-006/50.pdf
[4] Claudia Elina Herrera: Op. Cit
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