PERÍODO DE ENTREGUERRAS
En este apartado se abordarán
distintos autores que contemplan el denominado “Periodo de Entreguerras”. En un
principio contamos con Luis Alberto Romero[1] (2010) quien desarrolla
distintos aspectos de la vida política, social y cultural desde el primer
gobierno radical hasta el golpe de Estado producido por el GOU. Su mirada está
atenta a reconocer el rol del Estado en relación a distintos actores políticos
(ejercito, iglesia, sindicatos, empresas), el desarrollo de la economía
nacional e internacional, cómo afectaron la primera y segunda guerra mundial y la
difusión de ideologías en la conformación de propuestas políticas.
Para este historiador, el “Periodo
de Entreguerras” involucra dos periodos denominados “Gobiernos Radicales
1916-1930” y “La Restauración Conservadora 1930-1946”. Del primer periodo se destaca
una postura de neutralidad respecto a la primera guerra mundial y de hostilidad
hacia EEUU, fue un periodo económico castigado por la inflación, salarios
bajos, de grandes conflictos que fueron reprimidos por el Estado, como hecho
histórico importantísimo menciona la Reforma universitaria a la par de otros
conflictos que se dan en el Congreso, con intervenciones federales en
provincias consideradas opositoras. El Estado realizó gastos sociales
importantes y hubo una amplia distribución de empleos públicos. Si bien Yrigoyen
asumió el liderazgo en el marco de las diferencias y desencuentros ideológicos
entre personalistas y antipersonalistas, fue muy cuestionado por representar
“los peores vicios de la democracia” (Pág. 43), era considerado un caudillo
ignorante y demagogo. Fue valioso la
regulación del trabajo de niños y mujeres, se instaura el 1ro de mayo día del
trabajador. La Sociedad Rural invitó ahora a restringir en general la presencia
estadounidense en la economía, y lanzó la consigna de “comprar a quien nos
compra", lo que implicaba defender las importaciones y las inversiones
británicas y hacer pagar sus costos al conjunto de la sociedad. Se produce un desequilibrio
en la balanza de pagos que se convierte en un problema insoluble. En este periodo, Romero señala la importancia
de la nacionalización del petróleo con la consigna de derrotar al “contubernio”,
la bandera de la nacionalización coincidía con la prédica de los sectores
militares preocupados por asegurar la autarquía del país respecto de los
recursos estratégicos, se vinculaba con la nueva y fuerte hostilidad de los
sectores terratenientes hacia Estados Unidos, a partir del conflicto de las
carnes, y enraizaba finalmente en un sentimiento antiestadounidense de más
larga data, que asociaba unívocamente la metrópoli del norte con el
“imperialismo". El petróleo igual aparecía como la panacea que aseguraría
la vuelta a la prosperidad, una Liga Republicana pedía reemplazar la democracia
por la segura dirección de un jefe rodeado de una elite y legitimado
plebiscitariamente, gracias a esto Yrigoyen obtuvo 60% de votos. Sin embargo, el
radicalismo no logró desprenderse de los vicios del viejo régimen, hubo
Inflación, reducción de salarios y despidos.
Durante “La restauración
conservadora” los nacionalistas estaban orgullosos de su elitismo autoritario,
reclamaban por la vuelta a una sociedad jerárquica, como la colonial, no
contaminada por el liberalismo, organizada por un Estado corporativo y
cimentada por un catolicismo integral. Estaban en contra de los radicales,
atacaban al liberalismo y eran anticomunistas. En este contexto había que
regular las altas finanzas y la explotación internacional a lo que se agregaba,
para el gobierno la presencia de los comunistas, los extranjeros como causantes
de la disgregación nacional, y también los judíos, unidos en una siniestra
confabulación. Las movilizaciones sociales fueron escasas, la Depresión
paralizaba la contestación, y las direcciones sindícales, escasamente
identificadas con la institucionalidad democrática, habían hecho poco para
defenderla. El Ejército se fue constituyendo en un nuevo actor político.
La Depresión, que se venía
manifestando desde 1928, persistió hasta 1932, cesó el flujo de capitales, los
precios internacionales de los productos agrícolas cayeron fuertemente, los
ingresos del sector agrario y de la economía toda se contrajeron. El Estado se
hizo de una importante masa de recursos, y sobre todo pudo decidir sobre su uso,
decidió pagar la deuda externa, atender las importaciones esenciales y las
remesas de las empresas de servicios públicos, como las ferroviarias. Para
lograr el control de las finanzas, en 1935 se creó el Banco Central, cuya función
principal era regular las fluctuaciones cíclicas de la masa monetaria, evitando
tanto una excesiva holgura como la escasez, así como controlar la actividad de
los bancos privados. El Estado fue asumiendo funciones mayores en la actividad
económica, y paso de la simple regulación de la crisis a la definición de
reglas de juego cada vez más amplias, según un modelo que teorizo J. Keynes y
que empezaba a aplicarse en todo el mundo. El cierre creciente de la economía,
los aranceles y la escasez de divisas creaban condiciones adecuadas para
sustituir los bienes importados por otros producidos localmente, sobre todo si
la producción no exigía una instalación fabril muy compleja o si ya existía una
base industrial que podía ser utilizada con mayor intensidad. Así la sustitución
de importaciones ofrecía el atractivo de un mercado existente y cautivo, y una
ganancia rápida. El crecimiento industrial abrió un nuevo campo de negociación
entre los sectores propietarios y el Estado.
La producción agrícola no decayó, pese al derrumbe de los precios,
aunque la situación de los productores se deterioró sensiblemente, en especial
la de los más pequeños, y se fueron delineando las condiciones del éxodo rural,
visible luego del comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Se firma el tratado,
firmado por Roca y el ministro británico Runciman, en la que se negocia las
condiciones para la exportación de carnes, a la vez se estipuló un
"tratamiento benévolo" para las empresas británicas en dificultades:
las ferroviarias y las de transporte urbano. Pese a sus éxitos en lo económico,
el régimen presidido por Justo fue visto como ilegitimo: fraudulento, corrupto
y ajeno a los intereses nacionales. Si hasta 1935 el gobierno había avanzado
sin grandes contratiempos, desde esa fecha se hicieron evidentes los signos de una
creciente movilización social y política, se constituye la Federación Obrera
Nacional de la Construcción, uno de los sindicatos más importantes y combativos
del país. En 1936 se efectuaron muchas huelgas, al igual que en 1935 y 1937,
coincidiendo con la reactivación económica. Las derechas habían convocado a un
"frente nacional", contra el Frente Popular. La ley de residencia fue
aplicada en 1937 contra los principales dirigentes de la construcción,
comunistas de origen italiano deportados a la Italia fascista.
Se considera relevante el impacto
de la Guerra Civil española al producir una clara delimitación en los campos de
las ideas, para las derechas, la Guerra Civil integro a conservadores
autoritarios, nacionalistas, filofascistas y católicos integristas en una común
reacción contra el liberalismo democrático. En el campo contrario, se terminó
de soldar el bloque de solidaridades que iba desde el radicalismo hasta el
comunismo, pasando por socialistas, demoprogresistas, los estudiantes de la
Federación Universitaria, los dirigentes sindicales agrupados en la CGT y un
vasto sector de opinión independiente y progresista, que también incluía figuras
del liberalismo conservador.
Desde 1933, la recuperación económica
y la reorientación industrial empezaron a hacerse notar. Entre las
organizaciones gremiales seguían dominando los grandes sindicatos del
transporte y los servicios: la poderosa Unión Ferroviaria, la Fraternidad, de
los maquinistas de trenes, la Unión Tranviaria, los municipales, los empleados
de comercio. Pero poco a poco fueron creciendo los grupos de trabajadores de
las nuevas industrias manufactureras o de la construcción; allí los dirigentes
comunistas tuvieron éxito en organizar sindicatos que agruparan los antiguos
oficios por ramas de industria: metalúrgicos, textiles, madereros, alimentarios
-entre los cuales dominaban los trabajadores de la carne- y sobre todo obreros
de la construcción. Con más de cincuenta mil afiliados, la Federación Obrera
Nacional de la Construcción era hacia 1940 el segundo sindicato, detrás de la Unión
Ferroviaria, que rondaba los cien mil. El Estado no ignoro ni los reclamos ni
la importancia de este actor social. Por otra parte, el Estado descalificó a los
partidos políticos y del mismo sistema representativo: mientras la política quedaba
asociada con el fraude, el Estado encaraba la negociación de las cuestiones de
gobierno directamente con los distintos actores de la sociedad -los sindicatos,
los empresarios, las Fuerzas Armadas, la Iglesia y hasta las asociaciones
civiles- ignorando al Congreso y a los partidos políticos.
El impacto de la guerra mundial, afectó
las relaciones comerciales y económicas con Gran Bretaña y Estados Unidos. El
progresivo cierre de los mercados europeos -provocado por los triunfos
alemanes- redujo las exportaciones agrícolas, pero en cambio aumentaron mucho
las ventas de carne a Gran Bretaña, tanto enfriada como congelada. La Argentina
empezó a tener con el Reino Unido un importante saldo a su favor, llegó a exportar
a los países limítrofes productos industriales y empezó a tener saldos comerciales
favorables, incluso con Estados Unidos. La
guerra impulsó la producción de equipamiento industrial y este, de insumos
básicos. El ejército, desde 1941, y a través de la Dirección de Fabricaciones
Militares, se dedicó a promover industrias, como la del acero, que juzgaban tan
"natural" como la alimentaria, e indispensable para garantizar la autarquía.
En 1943 se produce, por segunda vez, la interrupción del orden
constitucional por parte del ejército, liderado por el GOU, se depone a
Castillo y se nombra al General Ramírez como presidente.
Otro texto significativo para este
periodo proviene del análisis que realiza Roy Hora[2] (2018) respecto al modo en
que Tulio Halperin Donghi abordó la historia política argentina del período
1916-1943. Al respecto cabe destacar lo siguiente:
Halperin Donghi a través de sus
distintos escritos busca entender aspectos centrales de la historia política desde
la mirada de las elites letradas o figuras poderosas y polifacéticas tales como
legisladores a la vez que literatos, políticos y también hombres de cultura,
esto implica que clases populares y los intereses organizados desempeñan un
papel secundario su abordaje. Al año 1930 la define como la reconstitución del
dominio oligárquico, involución económica y retroceso social apelando a la
expresión de “restauración conservadora” identificada con una debilidad de
todas las expresiones políticas que no son expresión de las clases
privilegiadas tradicionales. En esa sociedad pasiva y reprimida, el grupo
gobernante creó instituciones y puso en marcha iniciativas que le dieron un
cariz más moderno y transformador a la gestión económica. Tanto la producción
manufacturera y la creciente gravitación del trabajo organizado son entendidos
como el producto del aislamiento nacido tras el estallido de la Segunda Guerra
Mundial. Su hipótesis es que la Argentina pudo transformarse gracias a los
logros sociales del proyecto liberal puesto en marcha en tiempos de Sarmiento,
Mitre y Roca.
A diferencia de las visiones que
subrayan las continuidades con el orden político oligárquico –ya sea por la
pervivencia de redes de autoridad y formas políticas clientelistas o por la
persistencia de prácticas de manipulación del sufragio–, Halperin Donghi
enfatiza los aspectos novedosos del escenario democrático. Factores tales como el
cambio de escala en la competencia electoral, la incertidumbre sobre sus
resultados, la mayor autonomía de los votantes, la forja de sólidas identidades
políticas en las clases populares, la emergencia de nuevos actores en la vida
pública, el cambio en las estrategias proselitistas y la renovación de los
grupos dirigentes, dibujan un panorama bien distinto al prevaleciente hasta
1912-1916. Tras el análisis de toda una
serie de procesos y actores que dan cuenta de la expansión del universo de
ideas –que va desde el ascenso de la izquierda que se inspira en la Revolución
Rusa a la consolidación de una nueva derecha antiliberal– Halperin Donghi
subraya la persistencia de los ideales nacidos durante el período de la Organización
Nacional. Pese a muchas novedades y movimientos en los márgenes, sugiere que la
vida pública continuó girando en torno a una única tradición política, el
liberalismo constitucional, y a un único ideal, la república democrática, para
el autor tras el derrumbe de 1929-1932, la recuperación económica no sólo fue
veloz sino también en gran medida liderada por el reverdecimiento del sector
exportador. Halperin desplaza hacia el fondo del escenario a los conflictos y
tensiones sociales (incluyendo su dimensión de clase) para enfatizar que los
principales dilemas del período giran en torno a problemas específicamente
políticos, entre las que por su importancia sobresale el referido a cómo y por
qué la dirigencia conservadora se orientó por el camino del fraude y la
falsificación institucional. En “La República imposible” desnaturaliza el
fenómeno y se interroga por su historia y las razones que lo hicieron posible.
Enfatiza las diferencias cualitativas con formas anteriores de la prepotencia
electoral y explica su trayectoria y la del ilegítimo régimen que marcó la
política de esa década: el problema del fraude debe ser entendido desde la
vitalidad del ideario liberal heredado del siglo XIX, que imaginaba a la
democracia no como un mero mecanismo para elegir autoridades sino como un
proyecto a realizar, que requiere una ciudadanía educada, debe entenderse el
dilema que la persistencia del poder electoral radical le planteaba a la
heterogénea constelación política en el poder, que atiende a las disputas por
la preeminencia política entre distintas facciones conservadoras y
antipersonalistas. Para el autor, hay
una serie de puntos de continuidad que, en el plano de los modos de hacer
política, en el de la concepción sobre el papel del Estado, y en el de los valores
que ofrecían el horizonte hacia el que debía encaminarse la Argentina, unen al
peronismo con experiencias políticas anteriores. Mucho antes que Perón, ya los
liberales del siglo XIX habían concebido al Estado como un agente de cambio
capaz de orientar la sociedad y moldearla desde la cumbre. También subrayó que
el reformismo social ya ocupaba un lugar gravitante entre las ideas de la clase
dirigente liberal de las primeras décadas del siglo. Desde entonces la
preocupación por la justicia social formó parte de los denominadores comunes de
un consenso progresista que comprendía desde el socialismo hasta los sectores
más esclarecidos del conservadurismo.
En “La República imposible”
Halperin señala que el grupo gobernante no fue consciente de la erosión que el
edificio político sufrió como consecuencia de la violencia cotidiana que supuso
la falsificación electoral sobre esa sociedad que, tras la democratización de
1916-1930, ya no podía ser devuelta a la condición de minoridad cívica que ella
misma había aceptado sin grandes protestas en los tiempos de la república
oligárquica. De allí que fueran los rasgos patológicos de un régimen
fraudulento que sólo podía funcionar sobre la base de la prepotencia y el
cinismo los que, en definitiva, explican el rechazo del movimiento popular
nacido en 1945. A pesar de que, tras el derrumbe de 1930, la recuperación
económica fue relativamente veloz y, para 1935, lo peor de la depresión había
pasado, el fraude y los males a él asociados introdujeron una pausa entre los
gobernantes y las mayorías que sólo pudo ser soldada con un nuevo contrato que
no recogía sino jirones del anterior. Impugnado el legado acumulado desde el
comienzo de la era constitucional, violentados los ideales que esas elites
decían encarnar, los caminos del liberalismo, por una parte, y la política
popular y el progresismo social, por la otra, terminaron apartándose, con gran
daño también para el orden institucional cuando, como consecuencia de las
profundas humillaciones que los grupos dirigentes de la república del fraude le
infringieron al sector mayoritario de la población, el proyecto constitucional
nacido en tiempos de Mitre y Sarmiento se convirtió en una cáscara vacía. Este
fracaso dio forma al escenario de desapego ciudadano y hostilidad hacia las instituciones
de la república liberal que, en claro contraste con lo que sucedió entre
Urquiza e Yrigoyen, incidió directamente sobre su trayectoria posterior. Según Halperin
en el medio siglo posterior a la década infame la Argentina experimentaría “varios
otros modos de fracasar en el intento de vivir en democracia” y en cada uno de
esos fracasos era todavía posible rastrear las huellas de los años que el país
había vivido prisionero de una República imposible.
Así como Halperin Donghi explica la
historia política de este periodo desde el ideario de las elites letradas,
Hernán Camarero (2012) aporta al estudio de este pasado con su texto “Nuevas aproximaciones
historiográficas sobre el vínculo entre el Partido Comunista y el movimiento obrero
en la Argentina de entreguerras” desde la constitución del Partido Comunista
(PC) debido a su extenso recorrido como fenómeno unitario por casi nueve
décadas. También porque fue impulsor de la organización obrera industrial y
codirección del sindicalismo hasta 1943, gravitó con fuerza en la conducción de
algunas de las principales organizaciones estudiantiles durante varios
períodos; tuvo una presencia activa en el mundo intelectual y cultural entre
los años treinta y sesenta; y ejerció una influencia importante en experiencias
barriales, cooperativas, femeninas, antiimperialistas y de derechos humanos. Para
Camarero, además entre las décadas de 1920 y 1940, el PC se fue convirtiendo en
la organización política de izquierda mejor implantada en el proletariado
industrial del país, dirigiendo la mayor parte de los sindicatos únicos por
rama de dicho sector y alcanzando una creciente preponderancia en la central
obrera nacional, la CGT. Fue a partir de mediados de los años veinte cuando la
inserción obrera de los comunistas pudo lograr un cambio debido a la
“proletarización” y la “bolchevización” adoptada por el partido (que significó
la transformación de su estructura en clave jerárquica, centralizada,
monolítica y mayormente burocratizada, en sintonía con los postulados de una
Comintern cada vez más dominada por el estalinismo). El PC fue organización
política integrada mayoritariamente por obreros industriales, que buscó
afanosamente poseer y conservar ese carácter. Camarero señala dos instrumentos
innovadores que el PC creó o impulsó para promover la movilización y
organización proletaria en el ámbito industrial fueron las células obreras
partidarias por taller o fábrica y los sindicatos únicos por rama.
Durante el ciclo 1935-1943, bajo
las presidencias de Justo, Ortiz y Castillo, las organizaciones dirigidas o
influenciadas por los militantes del PC mantuvieron el curso combativo iniciado
varios años antes, lo que se tradujo en la realización de múltiples huelgas
violentas y masivas. El costo de esas acciones no fue menor: el PC siguió
sufriendo una sistemática persecución estatal por parte de la Sección Especial
de Represión del Comunismo. Cientos de sus adeptos fueron encarcelados, entre
ellos, buena parte de los miembros del Comité Central, muchas veces, en lejanas
prisiones del país. El partido fue declarado ilegal y hubo un proyecto en el
Senado de la Nación para convertir esa persecución en ley. Debido a la aplicación de la Ley de
Residencia (Nº 4.144), varios de sus activistas extranjeros fueron deportados a
sus países de origen, en los cuales había regímenes autoritarios. Muchos comunistas
sufrieron sistemáticas torturas. Para
construir la trayectoria del PC se cuenta con las historias “institucionales”,
centradas en la descripción de las políticas del PC, y en las vicisitudes de su
aparato (como Esbozo de Historia del Partido Comunista de la Argentina. Bs.
As., Anteo, 1947); la Historia del movimiento sindical (Bs. As., Fundamentos,
1973), de Rubens Iscaro, primera obra en abordar en forma sistemática la
presencia del PC en el ámbito gremial; y múltiples biografías y autobiografías
de militantes obreros. También se cuenta con la producción de Rodolfo Puiggrós,
Historia crítica de los partidos políticos argentinos (1956) y Jorge Abelardo
Ramos, El partido comunista en la política argentina (1962), fueron las obras
paradigmáticas. Estos ensayos argumentaron que la presencia comunista en el
proletariado fue insignificante o políticamente improductiva, debido a la
impronta “antinacional” de ese partido (…) Este diagnóstico que descalificaba o
prácticamente borraba la presencia comunista en el mundo del trabajo, en
expansión al compás del proceso de industrialización por sustitución de
importaciones, terminaría empalmando, involuntariamente, con algunos planteos
que, hacia la misma época, presentaba la incipiente reflexión sociológica
promovida por Gino Germani, carente de
toda empatía con el fenómeno populista (Política y sociedad en una época de
transición. De la sociedad tradicional a la sociedad de masas, Bs. As., Paidós,
1974).
Desde distintos autores y
bibliografía se busca recuperar la impronta del sindicato entre los
trabajadores, desde distintos enfoques teóricos se incursiona sobre procesos
históricos en los que los comunistas jugaron un papel decisivo: las huelgas de
la construcción y general de 1935-1936, y los conflictos de los trabajadores de
la carne de Berisso entre las décadas de 1920 y 1940. Camarero presenta un dossier,
un conjunto de trabajos que abordan cuestiones específicas, en base al examen
de una serie de fuentes primarias que hasta el momento permanecían inexploradas
o con muy escaso tratamiento (Diego Ceruso, Marcos Schiavi, Claudia Santa Cruz,
Andrés Gurbanov, Sebastián)
Para finalizar, se considera el
trabajo de Mariana Becerra[3] que aborda los
cuestionamientos a la maternalización de las mujeres durante las décadas de
1920 y 1930 en la Argentina, a través de las obras de la maestra, militante
comunista, escritora y filósofa argentina Angélica Mendoza (1903-1960). Se
trata de reconocer la configuración social y redes sociopolíticas particulares que
habilitaron las voces críticas de algunas mujeres escritoras en aquellas
décadas.
Angélica Mendoza, así como otras
mujeres escritoras de la misma época estaban inscriptas en diversos partidos
políticos o movimientos críticos del orden social establecido (comunismo,
socialismo, anarquismo, feminismo) y plantearon distancias, desplazamientos y/o
rupturas explícitas con diversos aspectos de las relaciones de género
instituidas. Por esta razón, enfrentaron obstáculos materiales, legales, simbólicos,
en sus casas, en sus trabajos, en las calles, en los partidos políticos,
incluso los de izquierda. En este contexto, primero desde el partido comunista,
y luego desde el partido comunista obrero, Angélica Mendoza disecciona no sólo
la historia de “la esclavitud femenina” sino que cuestiona su naturalización,
con sus expresiones específicas: la maternidad obligatoria y la condena social
frente a la interrupción de los embarazos, la hipocresía que regía las
relaciones entre los sexos en todos los ámbitos, el derecho patriarcal, la
prostitución, la moralista literatura burguesa que presentaba una idealización
del amor y que condenaba a las mujeres a un deber ser casto y puro hasta el
matrimonio, la institución misma del matrimonio burgués defendiendo, en cambio,
el amor libre y el placer sexual para las mujeres, entre otros tópicos. Algunas
de sus críticas presentan gran afinidad con las de sus coetánexs anarquistas. Se estudia su vida, su trabajo, ideología, el
contexto, su relación con la sociedad Maestros Unidos, que fue el gremio
fundado en Mendoza el 26 de abril de 1919 por las maestras que protagonizaron
la huelga –Angélica Mendoza era su secretaria general e integraba la Comisión
Directiva junto a Florencia Fossatti- fue el primer gremio docente que ingresó
formalmente a una Central Obrera, la Federación Obrera Provincial (FOP), y por
consiguiente, también a la Federación Obrera Regional Argentina.
Angélica Mendoza como maestra tuvo
una intensa actividad política, contribuyendo activamente a formar el gremio
docente mendocino, así como, poco después, ingresando orgánicamente a las filas
partidarias en el Partido Socialista Internacional. La escritura de su libro Cárcel de Mujeres
(1933) busca denunciar la hipocresía de la moral burguesa frente a la realidad
humana de la prostituta, los procedimientos policiales frente a las mujeres
militantes de organismos de izquierda y revolucionarios, a las que no contentos
con privárseles de la libertad, se las somete a un sistema de prisión infamante
a fin de humillarlas y acobardarlas en la lucha. El periódico New York Times
publicó una nota subrayando que A. Mendoza era la primera candidata mujer al
cargo de presidente de la nación en la historia de la Argentina. En 1929, el
Partido Comunista Obrero se disolvió, ella siguió activa, en 1933 publica un
libro en el cual se presenta a sí misma (en el relato, ante sus compañeras
reclusas) como “maestra y comunista”.
Entre los aportes de Angélica
Mendoza está el análisis de la condición femenina –“la sujeción de la mujer al
hombre”- atravesada por la clase social, por lo que las mujeres pobres son las
más castigadas, sobre todo cuando además pasaron los 40 años, pues ya eran
consideradas “viejas”. En sus palabras, la “esclavitud de todas las mujeres” se
fundamenta precisamente sobre estos pilares: castidad para las mujeres
“decentes” y su necesario complemento, la prostitución, que funge como “válvula
de escape” para la sexualidad animal que les es permitida -y promovida- a los
varones. A través de sus novelas Angélica Mendoza, hace una crítica implacable
al imperativo moral de la castidad femenina. La crítica se dirige al cruel
destino de las mujeres que siguen al pie de la letra los cánones de femineidad
imperantes, especialmente el mandato de virginidad hasta el matrimonio, en
contraste con los varones, que tenían permitido –y eran impulsados a- desplegar
su sexualidad desde la adolescencia, asumiendo como natural la “doble moral”.
Angélica Mendoza denuncia explícitamente la moral burguesa que anulaba el goce
sexual para las mujeres, el disfrute de su sensualidad, y el placer de su
propio cuerpo. también critica la versión idealizada del amor romántico, así
como también la maternidad como destino obligatorio para las mujeres,
En línea con su coetánea Virginia
Woolf, y más allá de “un cuarto propio”, Angélica Mendoza estaría sugiriendo
“un cuerpo propio” para las mujeres: propone la interrupción del embarazo en
caso de maternidades no deseadas, con el argumento de que la mujer debe
conquistar el derecho de vivir y disfrutar su propia vida y su cuerpo. Así,
plantea muy tempranamente que el goce sexual no debe ser legítimo sólo para los
varones, y reclama el disfrute del propio cuerpo para todas las mujeres, ya sea
en soledad como en compañía, aun cuando este tema no formaba parte de la agenda
feminista. En el mismo sentido, plantea que las figuras de la “virgen” y la
“prostituta” son las dos caras de la estructura de dominación de los varones
sobre las mujeres. En su registro, que sigue la línea de Engels, este orden
simbólico se articula con el modo de producción capitalista –que necesita
garantizar la legitimidad de la herencia por medio del matrimonio-. Por ello,
el título de su primera novela corta (1922) es “La venganza del sexo. Novela
realista del amor en la naturaleza”, y señala que la narrativa romántica e
idealista que exalta/denosta a la prostituta no hace más que remachar las
cadenas de la subordinación de las mujeres. En particular, de aquellas con
menos recursos económicos. Y a su vez, entre ellas, las mujeres de mayor edad
son las más perjudicadas.
En su perspectiva este cruce entre
sexo, clase y edad multiplica y especifica la subordinación de las mujeres a
los varones en el sistema capitalista. En la obra de Angélica Mendoza se ven
las diversas estrategias de filtración, resistencias y acomodaciones en un
sistema de relaciones desiguales entre los sexos, donde las mujeres son
subordinadas en las leyes y en la vida cotidiana. Esas estrategias
constituyeron formas de supervivencia específicas para participar en espacios
que entonces estaban reservados a los varones: la militancia gremial, y luego
también partidaria, la dirección de un periódico político, la candidatura a
presidente de la nación, la escritura sobre temas “no femeninos”, el estudio de
la carrera de Filosofía, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad
de Buenos Aires en la década de 1930, y luego, en los años 40’, la realización
de un doctorado en Filosofía en la Universidad de Columbia, en EEUU. A su vez,
estas estrategias singulares –sostenidas en el tiempo a través de su
autofiguración como maestra se inscriben en un campo específico de relaciones
de poder, y permiten ubicarla en línea con otras escritoras –vinculadas de
modos más o menos explícitos a las luchas feministas- de la misma época, como
esas “otras intelectuales”. El análisis de la obra de Angélica Mendoza durante
estas dos décadas indica que sus propuestas de emancipación sexual y social
compatibilizaban en aspectos centrales con las “estructuras de sentimiento” de
sus pares anarquistas. En este sentido, otra huella a seguir es si estas
propuestas y críticas pioneras, más propias del ideario anarquista, fueron de
algún modo resignificadas luego por militantes comunistas (además de Angélica
Mendoza), y en ese caso, como se hizo posible.
RESEÑA DONNA J. GUY
Donna J.GUY, Las mujeres y la
construcción del Estado de Bienestar. Caridad y Creación de Derechos en
Argentina, Bs.As., Prometeo Libros, 2011, pp.223- 272. “6. En
las encrucijadas del cambio”
Donna Guy es una historiadora
estadounidense especialista en temas de historia argentina contemporánea. Sus
obras incluyen: El sexo peligroso. La prostitución legal en Buenos Aires,
1875-1955 (1994); White slavery and mothers alive and dead; the troubled
meeting of sex, gender public health and progress in Latin America (2000);
entre otros
En el capítulo 6 titulado “En las
encrucijadas del cambio” de libro Las mujeres y la construcción del
Estado de Bienestar. Caridad y Creación de Derechos en Argentina, la
autora explica como el peronismo se apropió de las problemáticas que venían
planteándose de antes, y las adoptó como propias, asumiendo toda la gloria por
estas reformas y desplazando la acción que feministas y filántropas venían
desarrollando desde el siglo XIX. La presencia de Eva fue crucial porque
permitió canalizar su apoyo al sufragio femenino y a la cuestión del bienestar
infantil dentro del peronismo. Durante el primer peronismo (1946-1955), se
llevaron adelante reformas sociales hasta 1950, entre los logros más notables
figuran la sanción del sufragio femenino (1947), la promulgación de la nueva
Constitución que estipulaba derechos sociales y políticos. En función de esto
se analiza la hipótesis de que la Sociedad de Beneficencia iba a ser eliminada
por el peronismo, lo cual no sucede porque esta organización, que era parte de
la esfera de la filantropía que estaba dominada por mujeres, pasó a estar
subsumida bajo un Estado de Bienestar de corte masculino. Con la reorganización
burocrática que supuso la Revolución del 43 la Sociedad fue reubicada bajo la
injerencia del Ministerio de Interior junto con todas las demás entidades y,
luego, con la creación de la Dirección Nacional de la Salud Pública y la
secretara de Trabajo y Previsión, esta Sociedad de Beneficencia debió rendir
cuentas a dos organismos estatales a la vez.
D. Guy indica que hubo una clara
intervención estatal y pedido de expansión de la política de subsidios del
Estado a entidades predominantemente católicas de asistencia infantil en el
Interior del país. En este sentido nace la fundación Eva Perón que disfrutaba
de un apoyo público favorable y recibía generosos fondos del gobierno para la
construcción de establecimientos asistenciales tales como los Hogares de
Tránsito, hospitales, geriátricos y escuelas. La obra de la Fundación había
sustituido a la vieja caridad, mientras la antigua beneficencia fue
identificada como una empresa oligárquica, pero esta Sociedad de Beneficencia
era un caso excepcional ya que ésta siempre había sido considerada por el
gobierno como "parte de la administración pública" mientras que la
Fundación Eva Perón, estuvo al margen de la supervisión gubernamental aun
cuando se solventaba principalmente con fondos estatales. Eva nunca absorbió
otros grupos asistenciales a su Fundación. En el largo plazo, la burocracia
estatal ganó y tanto la Fundación. como la Sociedad de Beneficencia fueron
integradas al Estado de Bienestar.
Otra política del Estado fue la
protección de la maternidad e infancia, las leyes de adopción estaban
orientadas a eliminar distinciones legales y sociales entre hijos legítimos e
ilegítimos y había extendido la intervención estatal en los programas de
bienestar social, se crearon burocracias nacionales que, en lugar de distribuir
bienes y servicios basadas en la necesidad, el suministro se basaba en derechos y, por el otro lado, una política
distributiva que favorecía con subsidios directos únicamente a los grupos que
así lo solicitaran al Congreso. Los planes de bienestar social del peronismo
alcanzaron un gran éxito y afectaron a todos los grupos filantrópicos privados,
primero con el aumento masivo de los subsidios estatales y luego con su
suspensión. Respecto a la adopción de
niños y niñas Perón tuvo una posición conservadora acerca de quiénes podían
adoptar, la propuesta requería a los futuros padres adoptivos ser mayores de
cuarenta y cinco años, no haber tenido hijos luego de diez años de matrimonio y
no poseer ningún heredero legal al momento de la adopción. Sólo los huérfanos,
los hijos ilegítimos no reconocidos por sus padres o los menores cuyos padres
habían perdido la patria potestad podían ser elegidos para adopción.
La seguridad social incluía la
protección a la maternidad mientras que una asistencia social complementaria
preveía juzgados especializados para los menores y la construcción y
remodelación de hogares para menores. Estas medidas se complementaban con la
idea de una nueva familia peronista, que debían suministrar la columna
vertebral social y política del Estado, pero esta construcción tiene raíces en
una amalgama de planes de reformas del Código Civil ideados y realizados por
grupos con tendencias conservadoras, feministas, socialistas y radicales. Cada
ley peronista fue sancionada luego de años de debate y discusión. La denominación
de peronistas no implicó que Perón inventase estas ideas, sino que los
peronistas obtuvieron el número suficiente de votos a favor para aprobar esta
legislación. A cambio, los representantes del partido en el Congreso buscaron
identificar estas ideas con el peronismo.
En función de lo expuesto por la
Donna Guy, se establece que el peronismo no implicó una ruptura respecto de las
políticas que se venían discutiendo previamente en la arena política por
distintos actores políticas, sino que representó una continuidad, más que
continuidad una apropiación de ideas y propuestas que les fueron funcionales
para mantener su hegemonía.
[1] Luis
Alberto ROMERO, Breve Historia Contemporánea de la Argentina. 1916-2010, Bs. As,
F.C.E., 2012
[2] Roy
HORA, “¿Cómo pensó Tulio Halperín Donghi la política de entreguerras?”en :
Estudios Sociales Revista Universitaria
Semestral, año XXVIII, no.54, Santa Fe , Argentina, Universidad Nacional del Litoral, enero-junio
2018, pp. 15-41.
[3] https://ri.conicet.gov.ar/bitstream/handle/11336/121662/CONICET_Digital_Nro.ecbd1c13-f001-4b25-bc13-c90ce66ac32c_A.pdf?sequence=2&isAllowed=y
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