domingo, 21 de noviembre de 2021

De la Restauración Conservadora al Primer Peronismo (1930-1955)

PERÍODO DE ENTREGUERRAS

En este apartado se abordarán distintos autores que contemplan el denominado “Periodo de Entreguerras”. En un principio  contamos con Luis Alberto Romero[1] (2010) quien desarrolla distintos aspectos de la vida política, social y cultural desde el primer gobierno radical hasta el golpe de Estado producido por el GOU. Su mirada está atenta a reconocer el rol del Estado en relación a distintos actores políticos (ejercito, iglesia, sindicatos, empresas), el desarrollo de la economía nacional e internacional, cómo afectaron la primera y segunda guerra mundial y la difusión de ideologías en la conformación de propuestas políticas.



Para este historiador, el “Periodo de Entreguerras” involucra dos periodos denominados “Gobiernos Radicales 1916-1930” y “La Restauración Conservadora 1930-1946”. Del primer periodo se destaca una postura de neutralidad respecto a la primera guerra mundial y de hostilidad hacia EEUU, fue un periodo económico castigado por la inflación, salarios bajos, de grandes conflictos que fueron reprimidos por el Estado, como hecho histórico importantísimo menciona la Reforma universitaria a la par de otros conflictos que se dan en el Congreso, con intervenciones federales en provincias consideradas opositoras. El Estado realizó gastos sociales importantes y hubo una amplia distribución de empleos públicos. Si bien Yrigoyen asumió el liderazgo en el marco de las diferencias y desencuentros ideológicos entre personalistas y antipersonalistas, fue muy cuestionado por representar “los peores vicios de la democracia” (Pág. 43), era considerado un caudillo ignorante y demagogo.  Fue valioso la regulación del trabajo de niños y mujeres, se instaura el 1ro de mayo día del trabajador. La Sociedad Rural invitó ahora a restringir en general la presencia estadounidense en la economía, y lanzó la consigna de “comprar a quien nos compra", lo que implicaba defender las importaciones y las inversiones británicas y hacer pagar sus costos al conjunto de la sociedad. Se produce un desequilibrio en la balanza de pagos que se convierte en un problema insoluble.  En este periodo, Romero señala la importancia de la nacionalización del petróleo con la consigna de derrotar al “contubernio”, la bandera de la nacionalización coincidía con la prédica de los sectores militares preocupados por asegurar la autarquía del país respecto de los recursos estratégicos, se vinculaba con la nueva y fuerte hostilidad de los sectores terratenientes hacia Estados Unidos, a partir del conflicto de las carnes, y enraizaba finalmente en un sentimiento antiestadounidense de más larga data, que asociaba unívocamente la metrópoli del norte con el “imperialismo". El petróleo igual aparecía como la panacea que aseguraría la vuelta a la prosperidad, una Liga Republicana pedía reemplazar la democracia por la segura dirección de un jefe rodeado de una elite y legitimado plebiscitariamente, gracias a esto Yrigoyen obtuvo 60% de votos. Sin embargo, el radicalismo no logró desprenderse de los vicios del viejo régimen, hubo Inflación, reducción de salarios y despidos.

Durante “La restauración conservadora” los nacionalistas estaban orgullosos de su elitismo autoritario, reclamaban por la vuelta a una sociedad jerárquica, como la colonial, no contaminada por el liberalismo, organizada por un Estado corporativo y cimentada por un catolicismo integral. Estaban en contra de los radicales, atacaban al liberalismo y eran anticomunistas. En este contexto había que regular las altas finanzas y la explotación internacional a lo que se agregaba, para el gobierno la presencia de los comunistas, los extranjeros como causantes de la disgregación nacional, y también los judíos, unidos en una siniestra confabulación. Las movilizaciones sociales fueron escasas, la Depresión paralizaba la contestación, y las direcciones sindícales, escasamente identificadas con la institucionalidad democrática, habían hecho poco para defenderla. El Ejército se fue constituyendo en un nuevo actor político.

La Depresión, que se venía manifestando desde 1928, persistió hasta 1932, cesó el flujo de capitales, los precios internacionales de los productos agrícolas cayeron fuertemente, los ingresos del sector agrario y de la economía toda se contrajeron. El Estado se hizo de una importante masa de recursos, y sobre todo pudo decidir sobre su uso, decidió pagar la deuda externa, atender las importaciones esenciales y las remesas de las empresas de servicios públicos, como las ferroviarias. Para lograr el control de las finanzas, en 1935 se creó el Banco Central, cuya función principal era regular las fluctuaciones cíclicas de la masa monetaria, evitando tanto una excesiva holgura como la escasez, así como controlar la actividad de los bancos privados. El Estado fue asumiendo funciones mayores en la actividad económica, y paso de la simple regulación de la crisis a la definición de reglas de juego cada vez más amplias, según un modelo que teorizo J. Keynes y que empezaba a aplicarse en todo el mundo. El cierre creciente de la economía, los aranceles y la escasez de divisas creaban condiciones adecuadas para sustituir los bienes importados por otros producidos localmente, sobre todo si la producción no exigía una instalación fabril muy compleja o si ya existía una base industrial que podía ser utilizada con mayor intensidad. Así la sustitución de importaciones ofrecía el atractivo de un mercado existente y cautivo, y una ganancia rápida. El crecimiento industrial abrió un nuevo campo de negociación entre los sectores propietarios y el Estado.  La producción agrícola no decayó, pese al derrumbe de los precios, aunque la situación de los productores se deterioró sensiblemente, en especial la de los más pequeños, y se fueron delineando las condiciones del éxodo rural, visible luego del comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Se firma el tratado, firmado por Roca y el ministro británico Runciman, en la que se negocia las condiciones para la exportación de carnes, a la vez se estipuló un "tratamiento benévolo" para las empresas británicas en dificultades: las ferroviarias y las de transporte urbano. Pese a sus éxitos en lo económico, el régimen presidido por Justo fue visto como ilegitimo: fraudulento, corrupto y ajeno a los intereses nacionales. Si hasta 1935 el gobierno había avanzado sin grandes contratiempos, desde esa fecha se hicieron evidentes los signos de una creciente movilización social y política, se constituye la Federación Obrera Nacional de la Construcción, uno de los sindicatos más importantes y combativos del país. En 1936 se efectuaron muchas huelgas, al igual que en 1935 y 1937, coincidiendo con la reactivación económica. Las derechas habían convocado a un "frente nacional", contra el Frente Popular. La ley de residencia fue aplicada en 1937 contra los principales dirigentes de la construcción, comunistas de origen italiano deportados a la Italia fascista.

Se considera relevante el impacto de la Guerra Civil española al producir una clara delimitación en los campos de las ideas, para las derechas, la Guerra Civil integro a conservadores autoritarios, nacionalistas, filofascistas y católicos integristas en una común reacción contra el liberalismo democrático. En el campo contrario, se terminó de soldar el bloque de solidaridades que iba desde el radicalismo hasta el comunismo, pasando por socialistas, demoprogresistas, los estudiantes de la Federación Universitaria, los dirigentes sindicales agrupados en la CGT y un vasto sector de opinión independiente y progresista, que también incluía figuras del liberalismo conservador.

Desde 1933, la recuperación económica y la reorientación industrial empezaron a hacerse notar. Entre las organizaciones gremiales seguían dominando los grandes sindicatos del transporte y los servicios: la poderosa Unión Ferroviaria, la Fraternidad, de los maquinistas de trenes, la Unión Tranviaria, los municipales, los empleados de comercio. Pero poco a poco fueron creciendo los grupos de trabajadores de las nuevas industrias manufactureras o de la construcción; allí los dirigentes comunistas tuvieron éxito en organizar sindicatos que agruparan los antiguos oficios por ramas de industria: metalúrgicos, textiles, madereros, alimentarios -entre los cuales dominaban los trabajadores de la carne- y sobre todo obreros de la construcción. Con más de cincuenta mil afiliados, la Federación Obrera Nacional de la Construcción era hacia 1940 el segundo sindicato, detrás de la Unión Ferroviaria, que rondaba los cien mil. El Estado no ignoro ni los reclamos ni la importancia de este actor social. Por otra parte, el Estado descalificó a los partidos políticos y del mismo sistema representativo: mientras la política quedaba asociada con el fraude, el Estado encaraba la negociación de las cuestiones de gobierno directamente con los distintos actores de la sociedad -los sindicatos, los empresarios, las Fuerzas Armadas, la Iglesia y hasta las asociaciones civiles- ignorando al Congreso y a los partidos políticos.

El impacto de la guerra mundial, afectó las relaciones comerciales y económicas con Gran Bretaña y Estados Unidos. El progresivo cierre de los mercados europeos -provocado por los triunfos alemanes- redujo las exportaciones agrícolas, pero en cambio aumentaron mucho las ventas de carne a Gran Bretaña, tanto enfriada como congelada. La Argentina empezó a tener con el Reino Unido un importante saldo a su favor, llegó a exportar a los países limítrofes productos industriales y empezó a tener saldos comerciales favorables, incluso con Estados Unidos.  La guerra impulsó la producción de equipamiento industrial y este, de insumos básicos. El ejército, desde 1941, y a través de la Dirección de Fabricaciones Militares, se dedicó a promover industrias, como la del acero, que juzgaban tan "natural" como la alimentaria, e indispensable para garantizar la autarquía. En 1943 se produce, por segunda vez, la interrupción del orden constitucional por parte del ejército, liderado por el GOU, se depone a Castillo y se nombra al General Ramírez como presidente.

Otro texto significativo para este periodo proviene del análisis que realiza Roy Hora[2] (2018) respecto al modo en que Tulio Halperin Donghi abordó la historia política argentina del período 1916-1943. Al respecto cabe destacar lo siguiente:

Halperin Donghi a través de sus distintos escritos busca entender aspectos centrales de la historia política desde la mirada de las elites letradas o figuras poderosas y polifacéticas tales como legisladores a la vez que literatos, políticos y también hombres de cultura, esto implica que clases populares y los intereses organizados desempeñan un papel secundario su abordaje. Al año 1930 la define como la reconstitución del dominio oligárquico, involución económica y retroceso social apelando a la expresión de “restauración conservadora” identificada con una debilidad de todas las expresiones políticas que no son expresión de las clases privilegiadas tradicionales. En esa sociedad pasiva y reprimida, el grupo gobernante creó instituciones y puso en marcha iniciativas que le dieron un cariz más moderno y transformador a la gestión económica. Tanto la producción manufacturera y la creciente gravitación del trabajo organizado son entendidos como el producto del aislamiento nacido tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Su hipótesis es que la Argentina pudo transformarse gracias a los logros sociales del proyecto liberal puesto en marcha en tiempos de Sarmiento, Mitre y Roca.

A diferencia de las visiones que subrayan las continuidades con el orden político oligárquico –ya sea por la pervivencia de redes de autoridad y formas políticas clientelistas o por la persistencia de prácticas de manipulación del sufragio–, Halperin Donghi enfatiza los aspectos novedosos del escenario democrático. Factores tales como el cambio de escala en la competencia electoral, la incertidumbre sobre sus resultados, la mayor autonomía de los votantes, la forja de sólidas identidades políticas en las clases populares, la emergencia de nuevos actores en la vida pública, el cambio en las estrategias proselitistas y la renovación de los grupos dirigentes, dibujan un panorama bien distinto al prevaleciente hasta 1912-1916.  Tras el análisis de toda una serie de procesos y actores que dan cuenta de la expansión del universo de ideas –que va desde el ascenso de la izquierda que se inspira en la Revolución Rusa a la consolidación de una nueva derecha antiliberal– Halperin Donghi subraya la persistencia de los ideales nacidos durante el período de la Organización Nacional. Pese a muchas novedades y movimientos en los márgenes, sugiere que la vida pública continuó girando en torno a una única tradición política, el liberalismo constitucional, y a un único ideal, la república democrática, para el autor tras el derrumbe de 1929-1932, la recuperación económica no sólo fue veloz sino también en gran medida liderada por el reverdecimiento del sector exportador. Halperin desplaza hacia el fondo del escenario a los conflictos y tensiones sociales (incluyendo su dimensión de clase) para enfatizar que los principales dilemas del período giran en torno a problemas específicamente políticos, entre las que por su importancia sobresale el referido a cómo y por qué la dirigencia conservadora se orientó por el camino del fraude y la falsificación institucional. En “La República imposible” desnaturaliza el fenómeno y se interroga por su historia y las razones que lo hicieron posible. Enfatiza las diferencias cualitativas con formas anteriores de la prepotencia electoral y explica su trayectoria y la del ilegítimo régimen que marcó la política de esa década: el problema del fraude debe ser entendido desde la vitalidad del ideario liberal heredado del siglo XIX, que imaginaba a la democracia no como un mero mecanismo para elegir autoridades sino como un proyecto a realizar, que requiere una ciudadanía educada, debe entenderse el dilema que la persistencia del poder electoral radical le planteaba a la heterogénea constelación política en el poder, que atiende a las disputas por la preeminencia política entre distintas facciones conservadoras y antipersonalistas.  Para el autor, hay una serie de puntos de continuidad que, en el plano de los modos de hacer política, en el de la concepción sobre el papel del Estado, y en el de los valores que ofrecían el horizonte hacia el que debía encaminarse la Argentina, unen al peronismo con experiencias políticas anteriores. Mucho antes que Perón, ya los liberales del siglo XIX habían concebido al Estado como un agente de cambio capaz de orientar la sociedad y moldearla desde la cumbre. También subrayó que el reformismo social ya ocupaba un lugar gravitante entre las ideas de la clase dirigente liberal de las primeras décadas del siglo. Desde entonces la preocupación por la justicia social formó parte de los denominadores comunes de un consenso progresista que comprendía desde el socialismo hasta los sectores más esclarecidos del conservadurismo.

En “La República imposible” Halperin señala que el grupo gobernante no fue consciente de la erosión que el edificio político sufrió como consecuencia de la violencia cotidiana que supuso la falsificación electoral sobre esa sociedad que, tras la democratización de 1916-1930, ya no podía ser devuelta a la condición de minoridad cívica que ella misma había aceptado sin grandes protestas en los tiempos de la república oligárquica. De allí que fueran los rasgos patológicos de un régimen fraudulento que sólo podía funcionar sobre la base de la prepotencia y el cinismo los que, en definitiva, explican el rechazo del movimiento popular nacido en 1945. A pesar de que, tras el derrumbe de 1930, la recuperación económica fue relativamente veloz y, para 1935, lo peor de la depresión había pasado, el fraude y los males a él asociados introdujeron una pausa entre los gobernantes y las mayorías que sólo pudo ser soldada con un nuevo contrato que no recogía sino jirones del anterior. Impugnado el legado acumulado desde el comienzo de la era constitucional, violentados los ideales que esas elites decían encarnar, los caminos del liberalismo, por una parte, y la política popular y el progresismo social, por la otra, terminaron apartándose, con gran daño también para el orden institucional cuando, como consecuencia de las profundas humillaciones que los grupos dirigentes de la república del fraude le infringieron al sector mayoritario de la población, el proyecto constitucional nacido en tiempos de Mitre y Sarmiento se convirtió en una cáscara vacía. Este fracaso dio forma al escenario de desapego ciudadano y hostilidad hacia las instituciones de la república liberal que, en claro contraste con lo que sucedió entre Urquiza e Yrigoyen, incidió directamente sobre su trayectoria posterior. Según Halperin en el medio siglo posterior a la década infame la Argentina experimentaría “varios otros modos de fracasar en el intento de vivir en democracia” y en cada uno de esos fracasos era todavía posible rastrear las huellas de los años que el país había vivido prisionero de una República imposible.

Así como Halperin Donghi explica la historia política de este periodo desde el ideario de las elites letradas, Hernán Camarero (2012) aporta al estudio de este pasado con su texto “Nuevas aproximaciones historiográficas sobre el vínculo entre el Partido Comunista y el movimiento obrero en la Argentina de entreguerras” desde la constitución del Partido Comunista (PC) debido a su extenso recorrido como fenómeno unitario por casi nueve décadas. También porque fue impulsor de la organización obrera industrial y codirección del sindicalismo hasta 1943, gravitó con fuerza en la conducción de algunas de las principales organizaciones estudiantiles durante varios períodos; tuvo una presencia activa en el mundo intelectual y cultural entre los años treinta y sesenta; y ejerció una influencia importante en experiencias barriales, cooperativas, femeninas, antiimperialistas y de derechos humanos. Para Camarero, además entre las décadas de 1920 y 1940, el PC se fue convirtiendo en la organización política de izquierda mejor implantada en el proletariado industrial del país, dirigiendo la mayor parte de los sindicatos únicos por rama de dicho sector y alcanzando una creciente preponderancia en la central obrera nacional, la CGT. Fue a partir de mediados de los años veinte cuando la inserción obrera de los comunistas pudo lograr un cambio debido a la “proletarización” y la “bolchevización” adoptada por el partido (que significó la transformación de su estructura en clave jerárquica, centralizada, monolítica y mayormente burocratizada, en sintonía con los postulados de una Comintern cada vez más dominada por el estalinismo). El PC fue organización política integrada mayoritariamente por obreros industriales, que buscó afanosamente poseer y conservar ese carácter. Camarero señala dos instrumentos innovadores que el PC creó o impulsó para promover la movilización y organización proletaria en el ámbito industrial fueron las células obreras partidarias por taller o fábrica y los sindicatos únicos por rama.

Durante el ciclo 1935-1943, bajo las presidencias de Justo, Ortiz y Castillo, las organizaciones dirigidas o influenciadas por los militantes del PC mantuvieron el curso combativo iniciado varios años antes, lo que se tradujo en la realización de múltiples huelgas violentas y masivas. El costo de esas acciones no fue menor: el PC siguió sufriendo una sistemática persecución estatal por parte de la Sección Especial de Represión del Comunismo. Cientos de sus adeptos fueron encarcelados, entre ellos, buena parte de los miembros del Comité Central, muchas veces, en lejanas prisiones del país. El partido fue declarado ilegal y hubo un proyecto en el Senado de la Nación para convertir esa persecución en ley.  Debido a la aplicación de la Ley de Residencia (Nº 4.144), varios de sus activistas extranjeros fueron deportados a sus países de origen, en los cuales había regímenes autoritarios. Muchos comunistas sufrieron sistemáticas torturas.  Para construir la trayectoria del PC se cuenta con las historias “institucionales”, centradas en la descripción de las políticas del PC, y en las vicisitudes de su aparato (como Esbozo de Historia del Partido Comunista de la Argentina. Bs. As., Anteo, 1947); la Historia del movimiento sindical (Bs. As., Fundamentos, 1973), de Rubens Iscaro, primera obra en abordar en forma sistemática la presencia del PC en el ámbito gremial; y múltiples biografías y autobiografías de militantes obreros. También se cuenta con la producción de Rodolfo Puiggrós, Historia crítica de los partidos políticos argentinos (1956) y Jorge Abelardo Ramos, El partido comunista en la política argentina (1962), fueron las obras paradigmáticas. Estos ensayos argumentaron que la presencia comunista en el proletariado fue insignificante o políticamente improductiva, debido a la impronta “antinacional” de ese partido (…) Este diagnóstico que descalificaba o prácticamente borraba la presencia comunista en el mundo del trabajo, en expansión al compás del proceso de industrialización por sustitución de importaciones, terminaría empalmando, involuntariamente, con algunos planteos que, hacia la misma época, presentaba la incipiente reflexión sociológica promovida por Gino Germani,  carente de toda empatía con el fenómeno populista (Política y sociedad en una época de transición. De la sociedad tradicional a la sociedad de masas, Bs. As., Paidós, 1974).

Desde distintos autores y bibliografía se busca recuperar la impronta del sindicato entre los trabajadores, desde distintos enfoques teóricos se incursiona sobre procesos históricos en los que los comunistas jugaron un papel decisivo: las huelgas de la construcción y general de 1935-1936, y los conflictos de los trabajadores de la carne de Berisso entre las décadas de 1920 y 1940. Camarero presenta un dossier, un conjunto de trabajos que abordan cuestiones específicas, en base al examen de una serie de fuentes primarias que hasta el momento permanecían inexploradas o con muy escaso tratamiento (Diego Ceruso, Marcos Schiavi, Claudia Santa Cruz, Andrés Gurbanov, Sebastián)

Para finalizar, se considera el trabajo de Mariana Becerra[3] que aborda los cuestionamientos a la maternalización de las mujeres durante las décadas de 1920 y 1930 en la Argentina, a través de las obras de la maestra, militante comunista, escritora y filósofa argentina Angélica Mendoza (1903-1960). Se trata de reconocer la configuración social y redes sociopolíticas particulares que habilitaron las voces críticas de algunas mujeres escritoras en aquellas décadas.

Angélica Mendoza, así como otras mujeres escritoras de la misma época estaban inscriptas en diversos partidos políticos o movimientos críticos del orden social establecido (comunismo, socialismo, anarquismo, feminismo) y plantearon distancias, desplazamientos y/o rupturas explícitas con diversos aspectos de las relaciones de género instituidas. Por esta razón, enfrentaron obstáculos materiales, legales, simbólicos, en sus casas, en sus trabajos, en las calles, en los partidos políticos, incluso los de izquierda. En este contexto, primero desde el partido comunista, y luego desde el partido comunista obrero, Angélica Mendoza disecciona no sólo la historia de “la esclavitud femenina” sino que cuestiona su naturalización, con sus expresiones específicas: la maternidad obligatoria y la condena social frente a la interrupción de los embarazos, la hipocresía que regía las relaciones entre los sexos en todos los ámbitos, el derecho patriarcal, la prostitución, la moralista literatura burguesa que presentaba una idealización del amor y que condenaba a las mujeres a un deber ser casto y puro hasta el matrimonio, la institución misma del matrimonio burgués defendiendo, en cambio, el amor libre y el placer sexual para las mujeres, entre otros tópicos. Algunas de sus críticas presentan gran afinidad con las de sus coetánexs anarquistas.  Se estudia su vida, su trabajo, ideología, el contexto, su relación con la sociedad Maestros Unidos, que fue el gremio fundado en Mendoza el 26 de abril de 1919 por las maestras que protagonizaron la huelga –Angélica Mendoza era su secretaria general e integraba la Comisión Directiva junto a Florencia Fossatti- fue el primer gremio docente que ingresó formalmente a una Central Obrera, la Federación Obrera Provincial (FOP), y por consiguiente, también a la Federación Obrera Regional Argentina.

Angélica Mendoza como maestra tuvo una intensa actividad política, contribuyendo activamente a formar el gremio docente mendocino, así como, poco después, ingresando orgánicamente a las filas partidarias en el Partido Socialista Internacional.  La escritura de su libro Cárcel de Mujeres (1933) busca denunciar la hipocresía de la moral burguesa frente a la realidad humana de la prostituta, los procedimientos policiales frente a las mujeres militantes de organismos de izquierda y revolucionarios, a las que no contentos con privárseles de la libertad, se las somete a un sistema de prisión infamante a fin de humillarlas y acobardarlas en la lucha. El periódico New York Times publicó una nota subrayando que A. Mendoza era la primera candidata mujer al cargo de presidente de la nación en la historia de la Argentina. En 1929, el Partido Comunista Obrero se disolvió, ella siguió activa, en 1933 publica un libro en el cual se presenta a sí misma (en el relato, ante sus compañeras reclusas) como “maestra y comunista”.

Entre los aportes de Angélica Mendoza está el análisis de la condición femenina –“la sujeción de la mujer al hombre”- atravesada por la clase social, por lo que las mujeres pobres son las más castigadas, sobre todo cuando además pasaron los 40 años, pues ya eran consideradas “viejas”. En sus palabras, la “esclavitud de todas las mujeres” se fundamenta precisamente sobre estos pilares: castidad para las mujeres “decentes” y su necesario complemento, la prostitución, que funge como “válvula de escape” para la sexualidad animal que les es permitida -y promovida- a los varones. A través de sus novelas Angélica Mendoza, hace una crítica implacable al imperativo moral de la castidad femenina. La crítica se dirige al cruel destino de las mujeres que siguen al pie de la letra los cánones de femineidad imperantes, especialmente el mandato de virginidad hasta el matrimonio, en contraste con los varones, que tenían permitido –y eran impulsados a- desplegar su sexualidad desde la adolescencia, asumiendo como natural la “doble moral”. Angélica Mendoza denuncia explícitamente la moral burguesa que anulaba el goce sexual para las mujeres, el disfrute de su sensualidad, y el placer de su propio cuerpo. también critica la versión idealizada del amor romántico, así como también la maternidad como destino obligatorio para las mujeres,

En línea con su coetánea Virginia Woolf, y más allá de “un cuarto propio”, Angélica Mendoza estaría sugiriendo “un cuerpo propio” para las mujeres: propone la interrupción del embarazo en caso de maternidades no deseadas, con el argumento de que la mujer debe conquistar el derecho de vivir y disfrutar su propia vida y su cuerpo. Así, plantea muy tempranamente que el goce sexual no debe ser legítimo sólo para los varones, y reclama el disfrute del propio cuerpo para todas las mujeres, ya sea en soledad como en compañía, aun cuando este tema no formaba parte de la agenda feminista. En el mismo sentido, plantea que las figuras de la “virgen” y la “prostituta” son las dos caras de la estructura de dominación de los varones sobre las mujeres. En su registro, que sigue la línea de Engels, este orden simbólico se articula con el modo de producción capitalista –que necesita garantizar la legitimidad de la herencia por medio del matrimonio-. Por ello, el título de su primera novela corta (1922) es “La venganza del sexo. Novela realista del amor en la naturaleza”, y señala que la narrativa romántica e idealista que exalta/denosta a la prostituta no hace más que remachar las cadenas de la subordinación de las mujeres. En particular, de aquellas con menos recursos económicos. Y a su vez, entre ellas, las mujeres de mayor edad son las más perjudicadas.

En su perspectiva este cruce entre sexo, clase y edad multiplica y especifica la subordinación de las mujeres a los varones en el sistema capitalista. En la obra de Angélica Mendoza se ven las diversas estrategias de filtración, resistencias y acomodaciones en un sistema de relaciones desiguales entre los sexos, donde las mujeres son subordinadas en las leyes y en la vida cotidiana. Esas estrategias constituyeron formas de supervivencia específicas para participar en espacios que entonces estaban reservados a los varones: la militancia gremial, y luego también partidaria, la dirección de un periódico político, la candidatura a presidente de la nación, la escritura sobre temas “no femeninos”, el estudio de la carrera de Filosofía, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires en la década de 1930, y luego, en los años 40’, la realización de un doctorado en Filosofía en la Universidad de Columbia, en EEUU. A su vez, estas estrategias singulares –sostenidas en el tiempo a través de su autofiguración como maestra se inscriben en un campo específico de relaciones de poder, y permiten ubicarla en línea con otras escritoras –vinculadas de modos más o menos explícitos a las luchas feministas- de la misma época, como esas “otras intelectuales”. El análisis de la obra de Angélica Mendoza durante estas dos décadas indica que sus propuestas de emancipación sexual y social compatibilizaban en aspectos centrales con las “estructuras de sentimiento” de sus pares anarquistas. En este sentido, otra huella a seguir es si estas propuestas y críticas pioneras, más propias del ideario anarquista, fueron de algún modo resignificadas luego por militantes comunistas (además de Angélica Mendoza), y en ese caso, como se hizo posible.

RESEÑA DONNA J. GUY   

Donna J.GUY, Las mujeres y la construcción del Estado de Bienestar. Caridad y Creación de Derechos en Argentina, Bs.As., Prometeo Libros, 2011, pp.223- 272.   “6. En las encrucijadas del cambio”

Donna Guy es una historiadora estadounidense especialista en temas de historia argentina contemporánea. Sus obras incluyen: El sexo peligroso. La prostitución legal en Buenos Aires, 1875-1955 (1994); White slavery and mothers alive and dead; the troubled meeting of sex, gender public health and progress in Latin America (2000); entre otros



En el capítulo 6 titulado “En las encrucijadas del cambio” de libro Las mujeres y la construcción del Estado de Bienestar. Caridad y Creación de Derechos en Argentina, la autora explica como el peronismo se apropió de las problemáticas que venían planteándose de antes, y las adoptó como propias, asumiendo toda la gloria por estas reformas y desplazando la acción que feministas y filántropas venían desarrollando desde el siglo XIX. La presencia de Eva fue crucial porque permitió canalizar su apoyo al sufragio femenino y a la cuestión del bienestar infantil dentro del peronismo. Durante el primer peronismo (1946-1955), se llevaron adelante reformas sociales hasta 1950, entre los logros más notables figuran la sanción del sufragio femenino (1947), la promulgación de la nueva Constitución que estipulaba derechos sociales y políticos. En función de esto se analiza la hipótesis de que la Sociedad de Beneficencia iba a ser eliminada por el peronismo, lo cual no sucede porque esta organización, que era parte de la esfera de la filantropía que estaba dominada por mujeres, pasó a estar subsumida bajo un Estado de Bienestar de corte masculino. Con la reorganización burocrática que supuso la Revolución del 43 la Sociedad fue reubicada bajo la injerencia del Ministerio de Interior junto con todas las demás entidades y, luego, con la creación de la Dirección Nacional de la Salud Pública y la secretara de Trabajo y Previsión, esta Sociedad de Beneficencia debió rendir cuentas a dos organismos estatales a la vez.

D. Guy indica que hubo una clara intervención estatal y pedido de expansión de la política de subsidios del Estado a entidades predominantemente católicas de asistencia infantil en el Interior del país. En este sentido nace la fundación Eva Perón que disfrutaba de un apoyo público favorable y recibía generosos fondos del gobierno para la construcción de establecimientos asistenciales tales como los Hogares de Tránsito, hospitales, geriátricos y escuelas. La obra de la Fundación había sustituido a la vieja caridad, mientras la antigua beneficencia fue identificada como una empresa oligárquica, pero esta Sociedad de Beneficencia era un caso excepcional ya que ésta siempre había sido considerada por el gobierno como "parte de la administración pública" mientras que la Fundación Eva Perón, estuvo al margen de la supervisión gubernamental aun cuando se solventaba principalmente con fondos estatales. Eva nunca absorbió otros grupos asistenciales a su Fundación. En el largo plazo, la burocracia estatal ganó y tanto la Fundación. como la Sociedad de Beneficencia fueron integradas al Estado de Bienestar.

Otra política del Estado fue la protección de la maternidad e infancia, las leyes de adopción estaban orientadas a eliminar distinciones legales y sociales entre hijos legítimos e ilegítimos y había extendido la intervención estatal en los programas de bienestar social, se crearon burocracias nacionales que, en lugar de distribuir bienes y servicios basadas en la necesidad,  el suministro se basaba en  derechos y, por el otro lado, una política distributiva que favorecía con subsidios directos únicamente a los grupos que así lo solicitaran al Congreso. Los planes de bienestar social del peronismo alcanzaron un gran éxito y afectaron a todos los grupos filantrópicos privados, primero con el aumento masivo de los subsidios estatales y luego con su suspensión.  Respecto a la adopción de niños y niñas Perón tuvo una posición conservadora acerca de quiénes podían adoptar, la propuesta requería a los futuros padres adoptivos ser mayores de cuarenta y cinco años, no haber tenido hijos luego de diez años de matrimonio y no poseer ningún heredero legal al momento de la adopción. Sólo los huérfanos, los hijos ilegítimos no reconocidos por sus padres o los menores cuyos padres habían perdido la patria potestad podían ser elegidos para adopción.

La seguridad social incluía la protección a la maternidad mientras que una asistencia social complementaria preveía juzgados especializados para los menores y la construcción y remodelación de hogares para menores. Estas medidas se complementaban con la idea de una nueva familia peronista, que debían suministrar la columna vertebral social y política del Estado, pero esta construcción tiene raíces en una amalgama de planes de reformas del Código Civil ideados y realizados por grupos con tendencias conservadoras, feministas, socialistas y radicales. Cada ley peronista fue sancionada luego de años de debate y discusión. La denominación de peronistas no implicó que Perón inventase estas ideas, sino que los peronistas obtuvieron el número suficiente de votos a favor para aprobar esta legislación. A cambio, los representantes del partido en el Congreso buscaron identificar estas ideas con el peronismo.

En función de lo expuesto por la Donna Guy, se establece que el peronismo no implicó una ruptura respecto de las políticas que se venían discutiendo previamente en la arena política por distintos actores políticas, sino que representó una continuidad, más que continuidad una apropiación de ideas y propuestas que les fueron funcionales para mantener su hegemonía.



[1] Luis Alberto ROMERO, Breve Historia Contemporánea de la Argentina. 1916-2010, Bs. As, F.C.E., 2012

[2] Roy HORA, “¿Cómo pensó Tulio Halperín Donghi la política de entreguerras?”en : Estudios  Sociales Revista Universitaria Semestral, año XXVIII, no.54, Santa Fe , Argentina,  Universidad Nacional del Litoral, enero-junio 2018, pp. 15-41.

[3] https://ri.conicet.gov.ar/bitstream/handle/11336/121662/CONICET_Digital_Nro.ecbd1c13-f001-4b25-bc13-c90ce66ac32c_A.pdf?sequence=2&isAllowed=y

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