*Santul María Ester
Introducción
El trabajo sobre las
memorias, qué son, cómo se construyen, lleva a revisar la relación del
historiador con el pasado, con la definición de su objeto de estudio, la
realización de nuevas preguntas, la construcción metodológica y su
posicionamiento historiográfico. El contexto actual es favorable para
reflexionar sobre las implicancias de la renovación historiográfica de
posguerra y de la historia reciente; a partir estos abordajes es posible
comprender los desafíos que implican la construcción de las memorias en
relación a las identidades, siempre en disputa, en el marco del afianzamiento
de la historia oral como una metodología dirigida a la construcción de nuevas
fuentes para la investigación, en consonancia con aquellos colectivos y
temáticas marginadas por la historiografía tradicional.
Desde estas
consideraciones se realizará aquí un breve recorrido de los autores de
referencia para responder a una serie de interrogantes vinculados a la historia
oral y memorias, explorando o reconociendo algunas propuestas que colaboran en
la construcción de la historia social “desde abajo”.
ACERCA DE LAS
MEMORIAS
Para Elizabeth Jelin
(2001), las memorias individuales están enmarcadas socialmente y estos marcos
son portadores de la representación general de la sociedad, de sus necesidades
y valores, incluyen la visión del mundo, sólo se puede recordar cuando es
posible recuperar la posición de los acontecimientos pasados en la memoria
colectiva. La presencia de lo social siempre está, aún en los momentos más
individuales, los recuerdos personales están inmersos en narrativas colectivas
reforzadas por rituales y conmemoraciones grupales. Como esos marcos son
históricos y cambiantes, en realidad, toda memoria es una reconstrucción más
que un recuerdo. La autora aclara que las memorias colectivas igual deben ser
entendidas como una construcción donde participan distintos actores sociales
(inclusive a los marginados y excluidos) donde hay disputas y negociaciones de
sentidos del pasado en escenarios diversos. Si bien todo proceso de
construcción de memorias se inscribe en una representación del tiempo y del
espacio, estas representaciones -y, en consecuencia, la propia noción de qué es
pasado y qué es presente- son culturalmente variables e históricamente
construidas. Y esto incluye las propias categorías de análisis utilizadas por
investigadores y analistas del tema.
La autora igual distingue
dos tipos de memorias, las habituales y las narrativas. Dentro de las segundas
están las que pueden encontrar o construir los sentidos del pasado y heridas de
la memoria que conllevan dificultades para construir su sentido y armar su
narrativa. Estas memorias narrativas se inscriben en situaciones donde la
represión y la disociación actúan como mecanismos psíquicos que provocan
interrupciones y huecos traumáticos. Aquí tanto el olvido como el silencio nos
permite comprender sobre el proceso de selección en tanto que la memoria es
selectiva. Tanto las borraduras como los olvidos pueden ser producto de una
voluntad o política de olvido y silencio por parte de actores que elaboran
estrategias para ocultar y destruir pruebas y rastros, impidiendo así
recuperaciones de memorias en el futuro. En casos así, hay un acto político
voluntario de destrucción de pruebas y huellas, con el fin de promover olvidos
selectivos a partir de la eliminación de pruebas documentales. Sin embargo, los
recuerdos y memorias de protagonistas y testigos no pueden ser manipulados de
la misma manera. En este sentido, toda política de conservación y de memoria,
al seleccionar huellas para preservar, conservar o conmemorar, tiene implícita
una voluntad de olvido. La memoria como construcción social narrativa implica
el estudio de las propiedades de quien narra, de la institución que le otorga o
niega poder y lo/a autoriza a pronunciar las palabras, implica también prestar
atención a los procesos de construcción del reconocimiento legítimo, otorgado
socialmente por el grupo al cual se dirige. La recepción de palabras y actos no
es un proceso pasivo sino, por el contrario, un acto de reconocimiento hacia
quien realiza la transmisión.
Allier Montaño E. (2008)
en su trabajo sobre el lugar de la memoria en la historia reciente de Uruguay,
señala que los lugares de memoria parecen confirmar la hipótesis de que se
trata de sitios nacidos de la propia efervescencia de la memoria y no de su
desaparición. En caso de que, si algunos lugares de memoria pretenden dejar de
existir una vez que su cometido fue cumplido, se debe mencionar la existencia
de lugares de amnesia, es decir aquellos que cristalizan el olvido de un
acontecimiento o un periodo de la historia. Desde este punto de vista se
considera que los lugares tienen un valor simbólico y ello es fundamental para
la transmisión de la memoria, dado que esta no puede realizarse en el vacío.
Los lugares de memoria
transmiten una interpretación del pasado a la sociedad, así las nuevas
generaciones, la población que no ha conocido los hechos de otra manera,
retomará esas miradas y las hará propias (aunque también puede ocurrir que cree
las suyas propias). Es por ello entendible que algunas nominaciones conciten el
debate, pues los diversos actores políticos no están dispuestos a que sus
visiones de la historia sean borradas de los espacios urbano y público del país.
De hecho, esta multiplicidad de versiones expresa el deseo de apropiación del
pasado por los diferentes actores sociales. Entonces, los lugares de memoria no
son solo artefactos donde se depositan recuerdos y olvidos del pasado,
artilugios inmovilizados en el tiempo, sino que tienen historia. Son lugares
mixtos, híbridos y mutantes, íntimamente cargados de vida y de muerte, de
tiempo y de eternidad. Es decir, están ligados a procesos: orígenes,
desarrollo, a veces un fin. Esto se evidencia en el caso de las conmemoraciones
ya que las fechas y aniversarios son coyunturas en las que las memorias de una
nación son producidas y activadas; son las ocasiones públicas en que los
actores sociales y políticos pueden movilizar los diversos sentidos que se le
otorgan al pasado. Las conmemoraciones definen un nuevo calendario de la vida
pública, imponiéndole sus ritmos y sus plazos. Esta última se pliega y se sirve
de ello, intentando conciliar memoria, pedagogía, mensajes políticos para lo
inmediato.
EMPRENDEDORES DE LA MEMORIA
Actualmente se vienen llevando a cabo distintas propuestas para trabajar
con las memorias, una de ellas es Grupo de Estudios sobre Memorias Alterizadas
y Subordinadas (GEMAS) que, desde distintos campos de estudios y universidades
del país, se proponen abordar las memorias de sujetos y grupos alterizados y
subordinados. La idea no es reconstruir sus memorias a partir de relatos
fragmentados, sino “comprender las perspectivas, las conceptualizaciones y las
definiciones ensayadas por ellos, no solo en relación con la memoria, sino
también sobre secretos, agencia, historia, futuro, etcétera”[1]. Se trata de acompañar y
reflexionar junto a ellos sobre las reconstrucciones y conceptualizaciones que
llevan a cabo y, a través de este diálogo, cuestionar presupuestos y reorientar
la práctica académica. Este colectivo, entiende al campo de la memoria desde
una amplitud de disciplinas, temas, intereses, enfoques y marcos teóricos y
metodológicos, la base de su trabajo ha sido la apertura que generó los
estudios sobre memoria se centraron en las experiencias sufridas por las víctimas
directas e indirectas, antes, durante y con posterioridad al terrorismo de
Estado llevado a cabo durante la última dictadura cívicomilitar- eclesiástica
(1976-1983). De allí surgieron debates y discusiones que habían estado ausentes
en las sucesivas dictaduras militares, y se forjaron las primeras herramientas
conceptuales considerando el vacío teórico y metodológico respecto a los
procesos de recordar y olvidar entre grupos cuya vocalidad ha sido
históricamente silenciada, construidos como otros internos u otros externos por
las narrativas de una nación imaginada como blanca y homogénea.
Carnovale, Lorenz y Pittaluga (2004) también nos aporta sobre la
constitución de un archivo oral sobre el Terrorismo de Estado en la Argentina
(1976-1983) que fue parte de una convocatoria desde Memoria Abierta para
compartir con las generaciones futuras de sentar las bases de un Museo de la
Memoria sobre la última dictadura militar argentina. En principio la tarea
buscó establecer criterios para la preparación y construcción del archivo de
testimonios audiovisuales, de analizar la relación entre memoria y política, y
su relación con las decisiones a la hora de realizar entrevistas a personas que
relatan experiencias de situaciones extremas. Debatir sobre los alcances de las
preguntas a fin de no hacer de la entrevista un nuevo momento del terror,
condujo a reflexionar sobre los criterios teóricos e historiográficos
implicados, y sobre la propia subjetividad comprometida, es decir sobre la
propia politicidad. El archivo es en si un acto de memoria donde se realiza una
selección de aquellos elementos del pasado que se quiere registrar y
problematizar, selección que exige explicar sobre qué y cómo preguntar y que, a
su vez, evidencia su carácter político. En esta situación interviene también la
específica posición de la institución promotora del archivo. Se trata de
restituir una identidad donde el terrorismo de Estado intentó anularla; rescatar
un pasado, una existencia, una humanidad, donde el terrorismo de Estado
pretendió el olvido total, se trató de registrar el terror sin (re)producirlo,
es decir, evitar que el registro contenga alguna dimensión justificadora de la
violencia estatal.
Carnovale, Lorenz y Pittaluga señalan que los testimonios son
imprescindibles, pero no son suficientes. Construir memoria colectiva es
también intervenir sobre los testimonios, producir interpretaciones, y en este
caso particular, reunir en un archivo oral una constelación plural de
testimonios que posibiliten la intervención historiográfica. En este sentido, la
modalidad de entrevista apuntó a respetar la decisión del entrevistado en estos
temas, a disminuir al máximo de nuestras posibilidades la violencia de
repetición en la narración, a considerar la pluralidad de temáticas que los
testimoniales están dispuestos a relatar. Mientras algunos testimoniantes se
detenían en los momentos más duros de la tortura, los relataban detalladamente
y hasta los expresaban corporalmente o asumían las distintas voces —las propias
y las de los represores. Otros aprovechaban el momento para “des-victimizarse”,
para salirse, en el relato, de la posición de objeto en que la tortura y el
centro de detención los había colocado. Otros apenas mencionaban la cuestión y
mostraban que no estaban dispuestos a hablar del tema por propia iniciativa. Internarse en los temas vinculados a la
tortura o en las condiciones de vida en los centros clandestinos de detención,
apuntó a evidenciar los espacios subjetivos de resistencia, las líneas de fuga
aún en situaciones límite, las solidaridades para la supervivencia, los gestos
y los hechos que los detenidos-desaparecidos efectuaron para evitar el olvido
total. En esta experiencia, el recuerdo individual tuvo la posibilidad de
formar parte de la memoria colectiva, y en esa medida, como quería Walter
Benjamin, hacer menos completos la injusticia y el dolor.
Otra
experiencia expuesta por Bacci, Capurro, Oberti y Skurra (2014) tiene que ver
con el análisis de más de sesenta testimonios de
mujeres que forman parte del Archivo Oral de Memoria Abierta. Según las
investigadoras, dichas entrevistas refieren a modalidades de violencia dirigida
especialmente contra las mujeres en centros clandestinos de detención y
cárceles como parte del sistema represivo del terrorismo de Estado. Su interés
estuvo centrado en registrar que dicen las entrevistadas sobre los lugares,
momentos e interlocutores con quienes han podido o querido hablar de esas
vivencias y sus secuelas, y a sus percepciones sobre la experiencia de tomar la
palabra, ya sea para denunciar judicialmente o para narrar sus experiencias. Se
han distinguido las dificultades y
obstáculos que se presentan al momento de reconocer las resignificaciones que
actualizan esos relatos, sus respectivos antes y después, para así recuperar de
estos no sólo lo traumático sino también aquello que rescata a quienes
testimonian del estereotipo de la victimización. Se reconoce también cómo
afecta el contexto social para hablar de esos temas, y en distintos momentos
los testimonios han variado de acuerdo a lo que la propia sociedad era capaz de
escuchar y aceptar de esos relatos, los testimonios del Archivo, por la forma
de producirlos y de acompañarlos, así como por su carácter público, permiten
incorporar aspectos que habían sido silenciados o que nadie había querido
escuchar antes.
Hay una responsabilidad
institucional y social de escuchar estos relatos y hacer lugar a la palabra de
quienes sufrieron no debiera ocluir la comprensión más integral y compleja de
la experiencia que atravesaron. Estas mujeres no quieren presentarse sólo como
víctimas, buscan nombrar su experiencia y cómo conviven con ese trauma. Como
plantearía Jelin, en esta construcción tampoco se trata de hacer abuso de
memoria, es decir preservar una memoria “literal”, donde las víctimas y los
crímenes son vistos como únicos e irrepetibles. En ese caso, la experiencia es
intransitiva, no conduce más allá de sí misma, si se habla de olvido, lo que se
está proponiendo es el olvido (político) de lo singular y único de una
experiencia, para tornar más productiva a la memoria.
LA
MEMORIA COMO RELATO: LA HISTORIA ORAL
Según
A. Portelli (2018), la memoria implica un proceso continuo de elaboración de la
forma. En un contexto de revisionismo historiográfico, la historia de la
memoria deviene significativa y necesaria para la historia de los
acontecimientos que se transforman o son reconocidos sólo a través de la
operación de otorgarles un sentido, hecha por la memoria que selecciona algunos
eventos en la inmensa e informe masa de los hechos cotidianos. En esa
construcción de sentido, las fuentes
orales no son encontradas por el historiador, sino construidas en su presencia,
con su participación directa y determinante. Se trata, por tanto, de una fuente
relacional en la que la comunicación se produce bajo la forma de un intercambio
de miradas (entre/vista) de preguntas y respuestas, no necesariamente en una
sola dirección.
Para
Portelli, el trabajo con las fuentes orales es el arte de escuchar, que va más
allá de la entrevista abierta, a menudo está más allá de lo que los
interlocutores consideran como los límites de la entrevista y los conocimientos
más impredecibles emergen en términos de relevancia. De esta manera, la historia
oral es arte de la relación: la relación entre la persona entrevistada y la
persona que entrevista (diálogo); la relación entre el presente en el que se
habla y el pasado del cual se habla (memoria); la relación entre lo público y
lo privado, la autobiografía y la historia; la relación entre la oralidad (de
la fuente) y la escritura (del investigador). Las fuentes orales son
importantes y fascinantes porque no se limitan a testimoniar sobre los hechos,
sino que los elaboran y construyen un sentido a través del trabajo de la
memoria y el filtro del lenguaje.
Para Barela Liliana, Migues
Mercedes y García Conde Luis, (2004) la
historia oral tiene una lógica, un procedimiento, una ética y una rigurosidad
propia, busca aquello que no se encuentra en las fuentes existentes, lo que
sólo a partir del relato de la gente y dentro del marco de una entrevista se
pueda encontrar. Esta forma de abordaje reivindica el valor de las fuentes
orales como forma de proporcionar presencia histórica a aquellos cuyos puntos
de vista y valores han sido oscurecidos por la “historia desde arriba”. La
subjetividad, la memoria y la particularidad de la fuente son las
características que definen la historia oral que apela a la memoria del sujeto
para hacer historia a partir del relato de sus recuerdos y la fuente es el
testimonio que el individuo da dentro del contexto de una entrevista. Como
sujetos singulares encarnan de manera única e irrepetible los valores, modas,
costumbres, normas, mitos del orden familiar, grupal, social, etc., que los
incluye y lo hacen dentro de un contexto social continuamente afectado por las
contradicciones, rivalidades y tensiones de sus miembros. La historia oral no
le escapa a la anécdota o a la nostalgia, las trasciende, las incluye en el
análisis global, cuando
habla el hombre lo hace en su doble condición de sujeto individual y sujeto
colectivo, cuando crea y transmite sus recuerdos lo hace desde esa doble
condición. El recuerdo colectivo presupone y se expresa sólo a partir del
recuerdo individual. Sin la presencia de ambos resulta impensable la formación
de la conciencia y, por lo tanto, de la memoria colectiva histórica. La
confiabilidad de un informante, de su memoria (en el sentido de capacidad de
recordar), no pasa porque haya olvidos o errores en su información (que pueden
ser contrastados de diferentes maneras) sino por la presencia de esos olvidos
significativos que tienen que ver con esta forma de caracterizar la memoria,
por el olvido de esos recuerdos que darían cuenta de los valores, mitos,
costumbres, prejuicios, creencias, del contexto grupal, social, económico,
cultural, de pertenencia y son ésos los que los historiadores tienen que
analizar.
La historia,
por su parte, además del tiempo corto, se pregunta por los movimientos de larga
duración, por los procesos históricos e intenta descubrir lo que subyace, no lo
aparente o lo que expresa el dato en sí mismo. Generalmente los trabajos de historia oral exponen
un relato de vida históricamente valioso o con valor paradigmático (biografías),
varios testimonios paralelos, complementarios, sobre un tema restringido, por ejemplo,
sobre los orígenes de un barrio o localidad, o de protagonistas de una huelga,
etc. (conjunto de historias), utilización de fuentes orales en el marco de una
investigación tradicional o análisis histórico global de un período (la fuente
oral como un documento más).
El
historiador oral debe escuchar plenamente alerta, con mente histórico-crítica
además de inhibir toda reacción o respuesta personal, ya que no se encuentra
allí para demostrar sus conocimientos y mucho menos imponer sus preconceptos,
sino que “están allí como comadronas en la recreación de la historia de una
vida” (ibidem, 2004:23).
Por otra
parte, es preciso establecer una diferencia entre un archivo de historia oral
de un archivo de voces o de un archivo oral. El archivo de historia oral está
compuesto por los documentos creados a través de las investigaciones realizadas
con la metodología de historia oral; es un producto que cobra sentido como
resultado del proceso de investigación. El acento no está puesto en la oralidad
ni en que se trate de personajes famosos o que se refieran a un hecho de cierto
valor histórico o cultural. El documento, en este tipo de metodología, es el
que surge del encuentro, dentro del marco de una entrevista, entre el
historiador y el informante, y estas entrevistas estarán estructuradas de
acuerdo con los temas a investigar y a las hipótesis que maneje el historiador.
Por eso es necesario que el archivo esté acompañado con una reseña de la
investigación de la cual surge, donde mínimamente figure el tema, las
hipótesis, ciertas características de los entrevistados, como, por ejemplo:
edad, ocupación, lugar de residencia, o cualquier otro dato que contribuya a
dar mayor y mejor sentido a lo que el consultante va a escuchar. Sería muy
valioso establecer un archivo y que el mismo esté abierto a la consulta
pública, siempre y cuando los entrevistados no tengan reparo en ello y haciendo
reserva de sus nombres o partes del documento si así lo exigieran. Es importante
también que otros investigadores puedan tener acceso a las fuentes de igual
manera que lo hacen con la bibliografía o documentos existentes en cualquier
archivo tradicional.
Conclusión
La memoria ha sido el eje
transversal en esta exposición, se ha dejado en evidencia que no se trata de
una sola memoria sino de memorias en disputas, en este sentido se valora la
necesidad de reconocer sus dinámicas, la memoria abierta al recuerdo y la amnesia,
al pasado y al olvido. La memoria se produce en tanto haya sujetos que
comparten cultura y hay quienes buscan materializar los sentidos, por ejemplo,
a través de archivos, museos, monumentos, por otra parte, el abuso de la
memoria también pone en juego como la recuperación del pasado resulta utilizada
por diversos grupos para resaltar intereses propios, en muchos casos
manipulando los sentidos de veracidad de la historia o mercantilizándola, como
un producto vendible. Las distintas
propuestas sobre la construcción de las memorias son un camino abierto para reflexionar
significativamente sobre las metodologías para la construcción de narrativas o
relatos. A la
investigación histórica, sin duda se le presenta varios desafíos,
principalmente, definir desde donde o desde que lugar ideológico y político
delimitará su objeto de estudio, los objetivos e hipótesis, el investigador
debe ser coherente en relación a las metodologías que encaucen y debe ser
precavido a la hora de interpretar la información obtenida. Más allá de estos
procesos, también debe estar abierto y ser sensible a las nuevas preguntas o
nuevas dimensiones que surjan de su proyecto o proyectos colectivos de
investigación. El investigador como los sujetos investigados tampoco está
exento de la dinámica social y las relaciones de poder que lo atraviesa y lo configura.
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